DÍAS
DE RETRIBUCIÓN
Un exposición del libro
de Apocalipsis
(PDF)
Título de la obra en
inglés:
Days of Vengeance
Por David Chilton
Tomado de Freebooks
Parte Cinco
17
LA FALSA ESPOSA
Aunque, en años recientes, algunos han tratado
de ver la ciudad de Roma como la gran ramera del Apocalipsis, la
Iglesia,
a través de la historia, ha entendido generalmente que Roma es,
en cierto sentido, una falsa esposa, una parodia demoníaca de la
verdadera Esposa, la Iglesia. El motivo bíblico de la Esposa que
cae en adulterio (apostasía) es tan bien conocido que tal
identificación
es todo menos inescapable. La metáfora de la prostitución
se usa exclusivamente en el Antiguo Testamento para referirse a una
ciudad
o una nación que ha abandonado el Pacto y se ha vuelto a los
dioses
falsos; y, con sólo dos excepciones (véase el comentario
sobre el v. 1-2, abajo), el término se usa siempre en
relación
con el infiel Israel. La ramera es, claramente, la falsa iglesia. En
este
punto, sin embargo, el acuerdo se hace añicos y se convierte en
faccionalismo. Para los herejes donatistas del siglo cuarto, la Iglesia
Católica era la ramera. Algunos teólogos ortodoxos
griegos y protestantes la han visto en el papado romano, aunque muchos
fundamentalistas han manchado sus encantos de oropel en el Concilio
Mundial
de Iglesias. Aunque es cierto que puede haber (y ciertamente ha habido)
falsas iglesias a imagen de la ramera, debemos recordar el contexto
histórico
del Apocalipsis y las exigencias preteristas que el libro hace a sus
intérpretes.
Encontrar meramente algún ejemplo de una falsa iglesia, e
identificarla
como la ramera, no es una exégesis fiel. Juan ha establecido
firmemente
nuestros límites hermenéuticos dentro de su propia
situación
contemporánea en el siglo primero. De hecho, él ha
afirmado
definidamente que la ramera era un fenómeno corriente (17:18),
del
cual él espera que sus lectores actuales se separen.
Cualesquiera
aplicaciones modernas se hagan de este pasaje, debemos verlos como
sólo
eso: aplicaciones. El significado primario de la visión
debe
referirse a la falsa iglesia de los días de Juan.
Hemos visto que el Libro de Apocalipsis nos presenta dos
grandes ciudades, puestas en antítesis la una de la otra: Babilonia
y la Nueva Jerusalén. Como veremos en un capítulo
posterior,
la Nueva Jerusalén es el paraíso consumado, la comunidad
de los santos, la Ciudad de Dios. La otra ciudad, que es contrastada
continuamente
con la Nueva Jerusalén, es la antigua Jerusalén,
que
ha sido infiel a Dios. Otro modo de ver esto es entender que, desde el
comienzo, el propósito era que Jerusalén fuera el
verdadero
cumplimiento de Babilonia, una palabra que significa "Puerta de
Dios". El lugar de la graciosa revelación de Dios con respecto a
sí mismo y a su pacto debería ser una verdadera
Babilonia,
una verdadera "Puerta del Cielo" y "Casa de Dios", como Jacob lo
entendió
cuando vio la escalera de Dios hacia el cielo, la verdadera Torre de
Babel,
la verdadera pirámide que profetizaba de Cristo Jesús
(Gén.
28:10-22; comp. Juan 1:51). Pero Jerusalén no caminó con
la dignidad propia del llamado con el que había sido llamada.
Como
la Babilonia original, Jerusalén volvió sus espaldas al
verdadero
Dios y buscó gloria y dominio autónomos; como la
Babilonia
original, fue apóstata; y por esto, la "Puerta de Dios" se
convirtió
en "Confusión" (Gén. 11:9).
¿Cómo se convirtió en ramera la ciudad
fiel? Comenzó con la apostasía del sacerdocio en Israel.
La principal responsabilidad del sacerdote (el representante de
Dios), es re-presentar el Esposo a la Esposa, y guardarla del
peligro.
En vez de eso, el sacerdocio condujo al pueblo en apostasía para
alejarlo de su Señor (Mat. 26:14-15, 47, 57-68; 27:1-2, 20-25,
41-43,
62-66). A causa del fracaso del sacerdocio en traer el Esposo a Israel,
la Esposa se convirtió en ramera, yendo en busca de otros
esposos.
La apostasía del sacerdocio se describe en 13:11-17, bajo la
figura
de la bestia que sube de la tierra. Pero la falsa esposa no es absuelta
de responsabilidad. Ella es culpable también, y la
profecía
de Juan ahora se vuelve a considerar el juicio y la destrucción
de ella. 1
La "Babilonia" simbólica fue destruida cuando el
séptimo ángel derramó su copa, la libación
de aniquilamiento (16:17-21). Como hemos visto, esta visión es
parte
del cuarto siete del Apocalipsis - las siete copas que contienen las
siete
plagas. La conexión está proporcionada en 17:1 (comp.
21:9),
que nos dice que es uno de los siete ángeles-copas el que da a
Juan
la visión del juicio de la gran ramera. Esta visión, por
lo tanto, revela el significado de la séptima copa, la
destrucción
de Jerusalén.
La identidad de
la ramera (17:1-7)
1 Vino entonces uno de
los siete ángeles que tenían las siete copas, y
habló
conmigo diciéndome: Ven acá, y te mostraré la
sentencia
contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas;
2 con la cual han fornicado los
reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se han embriagado con
el vino de su fornicación.
3 Y me llevó en el
Espíritu
al desierto; y vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena
de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos.
4 Y la mujer estaba vestida de
púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y
de
perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de
abominaciones
y de la inmundicia de su fornicación;
5 y en su frente un nombre
escrito,
un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE
DE LAS
RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA.
6 Vi a la mujer ebria de la
sangre
de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y
cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro.
7 Y el ángel me dijo:
¿Por
qué te asombras? Yo te diré el misterio de la mujer, y de
la bestia que la trae, la cual tiene las siete cabezas y los diez
cuernos.
1-2 La visión de las siete
copas
continúa: Uno de los siete ángeles que tenían las
siete copas muestra a Juan la caída de la gran ramera que
está
sentada sobre muchas aguas. A los lectores de Juan ya se les ha hablado
de una ciudad-ramera llamada "Babilonia la grande" (14:8; 16:19), y la
semejanza entre la ramera y la Babilonia original es subrayada por la
información
de que ella se sienta sobre muchas aguas, una imagen tomada de la
descripción
de Jeremías de Babilonia en su famoso oráculo de juicio
contra
ella (Jer. 50-51). La expresión muchas aguas de
Jeremías
51:13 se refiere tanto al Éufrates, que corría por en
medio
de la ciudad, como a los canales que la circundaban. En última
instancia,
se refiere a las bendiciones que Dios había concedido a
Babilonia,
y que ella prostituyó para su propia gloria. Por eso, Juan
describe
a la gran ramera de su tiempo en términos de su prototipo y
modelo.
Más tarde, en 17:15, se nos informa de un aspecto del
significado
simbólico de las "muchas aguas", pero por ahora el punto es
meramente
la identificación de la ramera con Babilonia.
Sin embargo, debemos reconocer al
mismo tiempo que, en todos los otros lugares de Apocalipsis donde se
usa
la expresión "muchas aguas", ésta ocurre dentro de una
descripción
de la relación de pacto de Dios y su interacción
litúrgica
con su pueblo. Hemos notado que la voz que habla desde la Nube de
Gloria
suena como muchas aguas, y que esta voz es producida por los
innumerables
ángeles en el concilio celestial (Eze. 1:24). De manera similar,
en Apocalipsis 1:15, la voz de Cristo es "como el sonido de muchas
aguas"
(comp. Eze. 43:2); en 14:2, Juan oye nuevamente la voz que habla desde
el cielo como "el sonido de muchas aguas"; y en 19:6, la gran multitud
de los redimidos, habiendo entrado al concilio angélico en el
cielo,
se une al cántico de alabanza, que Juan oye como "el sonido de
muchas
aguas". La expresión, pues, recuerda tanto la graciosa
revelación
de Dios como la respuesta litúrgica de alabanza y obediencia del
pueblo de Dios. Dados los antecedentes bíblicos y el contexto de
la frase, no sería ninguna sorpresa para sus lectores que la
mujer
sea vista sentada sobre "muchas aguas". La sorpresa es que ella es una
ramera. Ha tomado los buenos dones de Dios y los ha prostituído
(Eze. 16:6-16; Rom. 2:17-24).
La ciudad-ramera ha fornicado con
los reyes de la tierra. Esta expresión ha sido tomada de la
profecía
de Isaías contra Tiro, donde se refiere principalmente a su
comercio
internacional (Isa. 23:15-17); Nínive también ha sido
acusada
de "multitud de fornicaciones" con otras naciones (Nahum 3:4). 2
Sin embargo, más a menudo la imagen de una ciudad o
nación
que fornica con los reinos del mundo se usa para referirse al rebelde
pueblo
del pacto. Hablando contra la Jerusalén apóstata,
Isaías
se lamentaba:
¿Cómo te
has convertido en ramera, oh ciudad fiel? Llena estuvo de justicia, en
ella habitó la equidad; pero ahora, los homicidas. (Isa. 1:21).
La imagen del adulterio de Israel es
bastante común en los profetas, al presentar la demanda de pacto
de Dios contra la Esposa que ha abandonado a su Esposo. 3
Jeremías habló contra Israel como ramera, que se fue tras
los falsos dioses de los paganos en lugar de su verdadero Esposo:
Porque desde muy
atrás
rompiste tu yugo y tus ataduras, y dijiste: No serviré. Con todo
eso, sobre todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso te
echabas como ramera... Dromedaria ligera que tuerce su camino, asna
montés
acostumbrada al desierto, que en su ardor olfatea el viento. De su
lujuria,
¿quién la detendrá? Todos los que la buscaren no
se
fatigarán, porque en el tiempo de su celo la hallarán...
Vuestra espada devoró a vuestros profetas, como león
destrozador.
¡Oh generación! atended vosotros a la palabra de
Jehová.
¿He sido yo un desierto para Israel, o tierra de tinieblas?
¿Por
qué ha dicho mi pueblo: Somos libres; nunca más vendremos
a tí? ¿Se olvida la virgen de su atavío, o la
desposada
de sus galas? Pero mi pueblo se ha olvidado de mí por
innumerables
días. ¿Por qué adornas tu camino para hallar amor?
Aun a las malvadas enseñaste tus caminos... Dicen: Si alguno
dejare
a su mujer, y yéndose ésta de él se juntare a otro
hombre, ¿volverá a ella más? ¿No
será
tal tierra del todo amancillada? Tú, pues, has fornicado con
muchos
amigos; mas ¡vuélvete a mí! dice Jehová.
Alza
tus ojos a las alturas, y ve en qué lugar no te hayas
prostituído.
Junto a los caminos te sentabas para ellos como árabe en el
desierto,
y con tus fornicaciones y con tu maldad has contaminado la tierra. Por
esta causa las aguas han sido detenidas, y faltó la lluvia
tardía;
y has tenido frente de ramera, y no quisiste tener vergüenza.
(Jer.
2:20-24, 30-33; 3:1-3).
Los adulterios de Israel, decía
Oseas, tenían lugar "en todas las eras del trigo" (Oseas 9:1):
La
imagen es la de una mujer que se prostituye por dinero en el granero
durante
el tiempo de la cosecha. Esto tiene un doble significado. Primero,
Israel
estaba apostatando hacia la adoración de Baal, buscando en
falsos
dioses bendición de la cosecha y la fertilidad (olvidando que la
fertilidad, y la bendición en todas las áreas,
sólo
puede venir del único Dios verdadero). Segundo, el templo estaba
construído sobre una era (2 Crón. 3:1), simbolizando la
acción
de Dios a través de la historia al separar la paja de su trigo
santo
(Job 1:18; Sal. 1:4; 35:5; Isa. 17:13; Luc. 3:17). La era
también
simboliza la relación matrimonial: La unión entre Booz y
Ruth tuvo lugar en su era (Ruth 3), y la acción de moler en un
molino
es una imagen bíblica de las relaciones sexuales (Job 31:10;
Isa.
47:2; Jer. 25:10). 4
Así, en vez de consumar su matrimonio con Dios por medio de la
adoración
en su era, la Esposa se dedicó a fornicar en cada era ajena,
postrándose
delante de dioses desconocidos y altares extraños.
La Jerusalén apóstata
es la ciudad-ramera; este tema se vuelve aún más
prominente
en la profecía de Ezequiel, particularmente en Ezequiel 16 y 23,
donde es claro que sus "fornicaciones" consisten en alianzas
político-religiosas
con poderosos reinos paganos (véase, por ej., Eze. 16:26-29). En
los días de Ezequiel, el pueblo de Jerusalén había
abandonado la verdadera fe y se había vuelto a dioses paganos y
a naciones impías en busca de ayuda, antes que confiar en que
Dios
fuera su protector y liberador. Es importante notar que, aunque Israel
mismo parece haber considerado estas relaciones principalmente en
términos
políticos, los profetas subrayaban que el aspecto religioso era
de importancia central. La confianza de la nación del pacto en
poderes
paganos no podría verse como mera conveniencia política;
era nada menos que prostitución. Usando lenguaje tan
gráfico
y explícito que la mayoría de los pastores modernos no
querrían
predicar sobre estos capítulos, 5
Ezequiel condena a Jerusalén como una ramera degradada y
lasciva:
"Te ofreciste a cuantos pasaban, y multiplicaste tus fornicaciones"
(Eze.
16:25). La manera sarcástica en que Ezequiel describe el
adulterio
de Israel es penetrante y vívida: Israel desea a los
(supuestamente)
bien dotados egipcios, cuyos órganos sexuales son del
tamaño
de los genitales de burros, y producen semen en cantidades tan
prodigiosas
que rivalizan con la de un caballo (16:26); 23:20). Su deseo
adúltero
(inflamado por imágenes pornográficas, 23:14-16) es tan
grande
que está dispuesta a pagar a desconocidos para que vengan a
ella,
más bien que al revés (16:33-34); hasta se masturba con
las
"imágenes de hombre" que ha hecho (16:17). La profecía de
Ezequiel era cruda, y ciertamente ofendió a muchos de sus
oyentes;
pero simplemente les estaba haciendo una descripción fiel de
cuán
ofensivos eran para Dios. A la vista del Dios sacrosanto que hablaba a
través de Ezequiel, nada podría ser más obsceno
que
la apostasía de la Esposa contra su divino Esposo.
Lo mismo ocurrió con el Israel
del siglo primero. En el momento mismo en que llegaba el prometido
Esposo,
Israel estaba fornicando con César. La vista de su verdadero
Esposo
sólo le llevó más lejos en su unión
adúltera
con "los reyes de la tierra". Rechazando el señorío de
Cristo
(comp. 1 Sam. 8:7-8), los principales sacerdotes exclamaron: "¡No
tenemos más rey que César!" (Juan 19:15).
La apostasía de
Jerusalén
condujo a la nación entera a la fornicación religiosa y
política.
Los que moran en la tierra - el pueblo judío (véanse los
comentarios sobre 3:10) - se embriagaron con el vino de su
fornicación,
y fueron seducidos para que cayeran en un estupor espiritual tal que no
reconocieron a su propio Cristo. Intoxicados con su aparentemente
afortunada
relación con el estado-poder imperial, los judíos no se
dieron
cuenta de que era una trampa: Estaban siendo narcotizados como
preparación
para su propia ejecución.
3 Ya hemos visto a la mujer en el
desierto, a donde ella huyó de la opresión del
dragón
que tenía siete cabezas (12:6, 14). Pero esa pemanencia en el
desierto
fue por necesidad, y por un tiempo específico. La verdadera
Esposa
no mora en el desierto - señal de maldición,
habitación
de demonios (Mat. 12:43) 6
- de preferencia. Sin embargo, para la falssa esposa, el desierto es su
elemento; ella prefiere permanecer allí antes que seguir al
Espíritu
a la tierra prometida. El desierto es, pues, su herencia y su destino
(comp.
Núm. 13-14; Zac. 5:5-11). Nuevamente, esta es una imagen
profética
familiar: La Jerusalén apóstata es una ramera, que
trabaja
en su oficio junto a los caminos del desierto como una asna salvaje en
celo (comp. Jer. 2-3; Oseas 2).
Es como si la mujer de Apocalipsis
12, habiendo huído al desierto en busca de protección, se
hubiese acostumbrado a la vida en el desierto y establecido una
relación
íntima con el dragón. Juan la ve sentada sobre una bestia
escarlata. No está claro inmediatamente si la bestia escarlata
es
el dragón o la bestia que sube del mar. Como la bestia que sube
del mar, ella está llena de nombres de blasfemia (comp.
13:1);
y como el dragón, tiene siete cabezas y diez cuernos (comp.
12:3;
el orden se invierte para la bestia que sube del mar, que tiene diez
cuernos y siete cabezas, 13:1). Puesto que está sentada
"sobre
muchas aguas" (v. 1) y también sobre la bestia escarlata, la
imagen
parece sugerir que la bestia ha surgido del mar (comp. 11:7; 13:1). La
solución más probable es simplemente ver el pasaje como
una
referencia a la íntima apostasía de Jerusalén
tanto
con Satanás como con el imperio. Roma era la encarnación
política reinante del diablo, y los dos ciertamente
podrían
ser considerados juntos bajo una sola imagen. Israel dependía
del
Imperio Romano para su existencia y poder nacionales; por el testimonio
del Nuevo Testamento, no hay duda de que Jerusalén estaba
política
y religiosamente "en la cama" con el paganismo institucionalizado, y
cooperó
con Roma en la crucifixión de Cristo y la persecución
asesina
de los cristianos.
Dicho sea de paso, ésta es
una de las muchas indicaciones de que la ramera no es Roma, porque es
claramente
diferente. La ramera está sentada sobre la bestia,
sostenida
y mantenida por aquél cuyas siete cabezas representan - entre
otras
cosas - las famosas "siete colinas" de Roma (17:9). Vale la pena notar
que hay un contraste entre el trono de Dios, sostenido por los seres
vivientes
que están "llenos de ojos" y que alaban a Dios día y
noche
(4:6-8; comp. Eze. 10:12), y la reina de las rameras, cuyo trono
está
sostenido por la bestia que está llena de nombres de blasfemia.
4 La mujer está vestida de
púrpura y escarlata, ropaje de esplendor y realeza para quien se
sienta como reina (18:7; véase Jud. 8:26; 2 Sam. 1:24; Dan. 5:7,
16, 29; Luc 16:19). Ella está adornada de oro, de piedras
preciosas
y de perlas, de acuerdo con las descripciones de la gloriosa Ciudad de
Dios (Isa. 54:11-12; 60:5-11; Apoc. 21:18-21), basado, además,
en
el modelo del Jardín de Edén cuajado de joyas
(Gén.
2:11-12; Eze. 28:13). Las joyas son también
características
tanto de las vestiduras del sumo sacerdote (Éx.28:9-29) como del
trono de Dios (4:3-4). No hay, pues, ninguna necesidad de considerar
las
vestiduras y las joyas de la mujer meramente como los estridentes,
audaces,
y extravagantes adornos del vestuario de una prostituta. En vez de eso,
éstas son originalmente las ropas de la mujer justa - la
Esposa - que se supone está ataviada con un vestido glorioso
(comp.
Éx. 3:22; Eze. 16:11-14; Prov. 31:21-22). Juan quiere que sus
lectores
vean a la mujer adornada con el hermoso ropaje de la Iglesia. Juan
quiere
que ellos entiendan que esta ramera degenerada que fornica con bestias
todavía lleva los adornos de la pura y casta Esposa. Debemos
notar,
sin embargo, que el enorme velo que cubría la puerta del templo
(de más de 80 pies de altura y 24 pies de anchura) era "un tapiz
babilónico,
bordado en azul y lino fino [comp. 18:16], y escarlata,
y
púrpura".
7
La falsa esposa celebra una especie
de comunión: Sostiene en la mano una copa de oro llena de
abominaciones
y de la inmundicia de su fornicación, combinando las
imágenes
de alimentos inmundos (comp. Lev. 11) con un matrimonio
inmundo
(comp. Lev. 20; véase especialmente Lev. 20:22-26. 8
La imagen es ligeramente diferente de la de Jeremías 51:7, donde
la Babilonia original es descrita como "una copa de oro en la mano de
Jehová,
que embriagó a toda la tierra", pero la idea básica es
similar.
Jerusalén todavía tiene el hermoso cáliz del
pacto,
pero la comunión que ella ofrece conduce a los hombres a la
muerte
y a la destrucción. Su copa está llena de
"abominaciones",
una palabra que la Biblia usa a menudo en relación con el culto
a los dioses falsos (Deut. 29:17; Eze. 5:11). La Jerusalén
farisaica
se enorgullece de su observancia de los reglamentos de limpieza
ceremonial,
pero en realidad es radicalmente inmunda, contaminada desde dentro por
su apostasía y su fornicación (Mat. 23:25-28; Mar.
7:1-23). El cuadro general puede muy bien ser, como ha observado Ford,
"una parodia del sumo sacerdote en el Día de Expiación
llevando
las vestiduras reservadas especialmente para esa ocasión y
sosteniendo
la ofrenda de libación. Sin embargo, en vez del sagrado nombre
sobre
su frente, el 'sacerdote-ramera' lleva el nombre de Babilonia, madre de
todas las rameras y de las abominaciones de la tierra, un título
que ilustra Eze. 16:43-45, donde Yahvé habla de la lujuria de
Jerusalén".
9
5 La ramera tiene en la frente un
nombre escrito. Para ahora, la escritura en la frente es una imagen
familiar
en Apocalipsis. La hemos visto sobre los santos (3:12; 7:3; 14:1) y
sobre
los seguidores de la bestia (13:16-17). La frente es especialmente
señalada
como símbolo de rebelión (Isa. 48:4; Eze. 3:9); se dice
que
el rebelde Israel tiene "frente de ramera" (Jer. 3:3). Pero el nombre
escrito
allí comienza con la palabra Misterio. Corsini ha observado
correctamente
el significado de este hecho muy descuidado: "Si la prostituta es
llamada
'misterio', eso significa que ella, aún en el momento en que es
juzgada y condenada, todavía forma parte integral e importante
del
divino plan de salvación. Esto no puede ser verdad de Roma ni de
ninguna otra ciudad pagana, sino solamente de Jerusalén.
Sólo
ella, y no ninguna otra ciudad, será renovada y
descenderá
del cielo sobre el monte Sión para celebrar un matrimonio con el
Cordero (21:2, 10ss.), porque "en los días de la voz del
séptimo
ángel... el misterio de Dios se consumará" (10:7)". 10
El nombre simbólico de la
ramera continúa: Babilonia la grande, porque ella es heredera y
homónima de la antigua ciudad que era epítome de
rebelión
contra Dios (Gén. 11:1-9; Jer. 50-51). El nombre sirve
también
para recordarnos su alto llamado, que fue creada para ser la verdadera
Babilonia, la Puerta de Dios. En vez de eso, sin embargo, ella ha
seguido
los pasos de la antigua Babilonia en su rechazo apóstata
del
señorío de Dios sobre ella. Ahora identificada con la
bestialidad
y la confusión, se ha convertido en "el misterio de iniquidad"
(2
Tesa. 2:7), madre de las rameras (correspondiente a "Jezabel" y sus
"hijos",
de los cuales se habla en 2:20-23; comp. la descripción de
Jerusalén
como madre de las rameras en Eze. 16:44-48).
6-7 Ahora vemos lo que la ramera
tiene en su copa, la demoníaca comunión con la cual ella
y sus amantes (v. 2; comp. 14:8) se están embriagando: Es la
sangre
de los santos, y ... de los testigos de Jesús. Éste es
"el
vino de su fornicación", el sacramento de su apostasía de
la verdadera fe; el alimento inmundo en última instancia (comp.
Lev. 17:10-14). Aunque es verdad que Roma se convirtió en gran
perseguidora
de la Iglesia, debemos recordar que Jerusalén fue la
pre-eminente
transgresora en este respecto. L persecución romana
ocurrió
por medio de la instigación y la connivencia de los
judíos,
como nos informa constantemente el libro de los Hechos. De hecho, la
historia
entera de Jerusalén fue de implacable persecución contra
los piadosos, especialmente los profetas (Mat. 21:33-44; 23:29-35;
Hech.
7:51-53). Como nos dice Juan en 18:24, "en ella se halló la
sangre
de los profetas y de los santos, y de todos los que han sido muertos en
la tierra". Jerusalén fue la perseguidora de los profetas por
excelencia.
Pero no siempre es fácil
mirar las cosas con ojos "teológicos". En el momento de su
gloria,
una ramera de éxito es hermosa, atractiva, seductora. La Palabra
de Dios es realista, y no pretende que el mal aparezca siempre
repulsivo.
Como todos sabemos, la tentación a pecar puede ser muy atractiva
(Gén. 3:6; 2 Cor. 11:14). Por lo tanto, al contemplar Juan a la
gran ramera, quedó bastante engañado, fascinado por su
belleza:
Se asombró con gran asombro (comp. Apoc. 13:3-4): "Y se maravilló
toda la tierra en pos de la bestia, y adoraron al dragón...").
Por
lo tanto, el ángel lo reprende: ¿Por qué te
asombras?
Juan registra esto para amonestar a sus lectores, y que no se dejen
seducir
por la ramera, porque ella es hermosa e impresionante. El
antídoto
contra el ser engañados por las artimañas de la falsa
esposa
es entender el misterio de la mujer y de la bestia que la transporta.
Ahora
el ángel revelará la naturaleza de la alianza de la
ramera
con la bestia, su oposición a Cristo, y su inminente
destrucción.
Los lectores de Juan deben entender que ya no hay ninguna esperanza
para
una "reforma desde adentro". Jerusalén está
implacablemente
en guerra con Cristo Jesús y su pueblo. La una vez Santa Ciudad
es ahora una ramera.
El ángel
explica el misterio
(17:8-18)
8 La bestia que has visto
era, y no es; y está para subir del abismo e ir a
perdición;
y los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están
escritos
desde la fundación del mundo en el libro de la vida, se
asombrarán
viendo la bestia que era y no es, y será.
9 Esto, para la mente que tenga
sabiduría: Las siete cabezas son siete montes, sobre los cuales
se sienta la mujer,
10 y son siete reyes. Cinco de
ellos han caído; uno es, y le otro aun no ha venido; y cuando
venga,
es necesario que dure breve tiempo.
11 La bestia que era, y no es,
es también el octavo; y es de entre los siete, y va a la
perdición.
12 Y los diez cuernos que has
visto,
son diez reyes, que aún no han recibido reino; pero por una hora
recibirán autoridad como reyes juntamente con la bestia.
13 Estos tienen un mismo
propósito,
y entregarán su poder y su autoridad a la bestia.
14 Pelearán contra el
Cordero,
y el Cordero los vencerá, porque él es Señor de
señores
y Rey de reyes; y los que están con él son llamados y
elegidos
fieles.
15 Me dijo también: Las
aguas que has visto donde la ramera se sienta, son pueblos,
muchedumbres,
naciones y lenguas.
16 Y los diez cuernos que viste
en la bestia, éstos aborrecerán a la ramera, y la
dejarán
desolada y desnuda; y devorarán sus carnes, y la quemarán
con fuego;
17 porque Dios ha puesto en sus
corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar
su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios.
18 Y la mujer que has visto es
la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra.
8 El ángel comienza su
explicación
hablando sobre la bestia, pues la intimidad de la ramera con la bestia
es completamente integral con su carácter y su destino.
Nuevamente,
debemos notar que esta es una bestia compuesta (comp. v. 3 arriba), y
comprende
los atributos tanto del Imperio Romano como los de su original, el
dragón.
Milton Terry dice: "En su explicación, el ángel parece
llamar
nuestra atención particularmente al espíritu que
impulsaba
por igual al dragón, la bestia que subió del mar, y al
falso
profeta; así, lo que aquí se afirma de la bestia hace una
referencia especial a las diferentes y sucesivas manifestaciones de
Satanás
mismo...De aquí que, por la bestia que era y no es,
entendamos
que este es un retrato enigmático del gran dragón
escarlata
de 12:3. Él es el rey del abismo en 9:11, y la bestia que
mató
a los testigos en 11:7. Él aparece por un tiempo en la persona
de
algún gran perseguidor, o en la forma de alguna enorme
iniquidad,
pero es expulsado después de un tiempo. Luego encuentra
nuevamente
algún otro órgano para sus actividades, y entra en
él
con toda la maldad del espíritu inmundo que vagaba por lugares
secos,
buscando reposo sin encontrar ninguno, hasta que decubrió su
antigua
casa, vacía, barrida, y adornada, como invitándole a
regresar".
11
El ángel representa a la
bestia como una parodia de "aquél que es y que era y que ha de
venir"
(1:4). La bestia ... era y no es, y está a punto de subir del
abismo.
En este punto, es probable que el ser humano específico al que
se
refiere al hablar de la Bestia sea Vespasiano, que se convirtió
en César después del caos que siguió a la muerte
de
Nerón. Ford comenta: "La bestia 'era' (Vespasiano gozaba del
favor
de Nerón) y 'no es' (cayó en desgracia) y saldrá
del
abismo (fue restaurado con la ayuda de 'los hombres del abismo', un
epíteto
para los hombres perversos de Qumran). Vespasiano es un paralelo de 'el
que ha de venir'. En cierto sentido, el imperio pasó por las
mismas
etapas: 'fue' desde César hasta Nerón, 'no fue' en el
año
crítico de los cuatro emperadores, y vino nuevamente con
Vespasiano".
12
En última instancia, como
hemos visto, esta es una descripción de la bestia original, el
dragón,
el antiguo enemigo de Dios y de su pueblo. Si por el momento hay un
respiro
temporal de su cruel oposición, los cristianos deben estar
conscientes
de que él está a punto de ascender del abismo nuevamente
para atacarles y perseguirles otra vez; sin embargo, Juan les recuerda
que la derrota de la bestia está asegurada, porque su
ascensión
no es al poder y a la gloria a la diestra de Dios, sino sólo
para
ir a la destrucción. La palabra para destrucción es apoleian,
la raíz de Apolión, el "rey del abismo" en
9:11. Juan señala que, aunque a la bestia se le permite subir
por
un tiempo del abismo, tiene la misma certeza de regresar allí.
Su
destino es la destrucción completa, y no puede tener
éxito
en destruir a la Iglesia.
Pero el dragón/bestia
tendrá
éxito en llevar al Israel apóstata a su culto
idólatra.
Los que moran en la tierra se maravillarán ... cuando vean a la
bestia, que era y que no es y que habrá de venir. La palabra
usada
anteriormente para indicar el surgimiento de la bestia del abismo es anabaino,
en imitación de la Resurrección/Ascensión de
Cristo;
la palabra venir aquí es paristemi
(la
forma verbal de parusía), en imitación de
la
Venida
de Cristo en poder y gloria, trayendo juicio y salvación (la parusía
definitiva ocurrió en la ascensión, resultando en la
parusía
de Cristo contra Jerusalén en el año 70 d. C.).
Así,
pues, de la misma manera que los cristianos del siglo primero
vivían
esperando la cercana parusía de su Señor, los
judíos
apóstatas esperaban de la bestia su liberación y su
salvación.
La "segunda venida" del dragón, después de su aparente (y
real) derrota por Cristo, fue una ocasión de maravilla, asombro,
y adoración por parte de los judíos que habían
rechazado
a Cristo. El surgimiento del estado total, en oposición al reino
de Cristo, fue para el Israel rebelde una ascensión a la gloria,
una parusía, un día del Señor. La bestia era su
Mesías,
y su anti-parusía los entregó - en las manos de
Apolión,
la perdición y la destrucción del abismo. El único
punto final en disputa de la ascensión de la bestia desde el
abismo
es la mayor condenación de sí misma y sus adoradores.
¿Por qué rechazaron
finalmente a Cristo los judíos y adoraron al dragón?
Porque,
en contraste con los elegidos de Cristo, que fueron "escogidos en
él
antes de la fundación del mundo" (Efe. 1:4), el nombre del
Israel
apóstata no ha sido escrito en el libro de la vida desde la
fundación
del mundo (comp. 13:8). Pedro escribió que Cristo Jesús,
la gran piedra angular, era para los judíos "piedra de tropiezo,
y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo
desobedientes;
a lo cual fueron también destinados" (1 Ped. 2:8) 13
En vez de eso, la Iglesia ha heredado la posición anterior
(Éx.
19:6) que tenía Israel: "Mas vosotros sois linaje escogido, real
sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios..." (1 Ped.
2:9).
9-10 El ángel vuelve a hablar
de la encarnación del dragón en la bestia que sube del
mar.
Esto, para la mente que tenga sabiduría: Las siete cabezas son
siete
montes, sobre los cuales se sienta la mujer. Nuevamente, los "siete
montes"
identifican a la bestia como Roma, famosa por sus "siete colinas"; 14
pero éstas también corresponden a la línea de los
Césares, porque ellos son siete reyes; cinco han caído:
Los
cinco primeros Césares fueron Julio, Augusto, Tiberio,
Calígula,
y Claudio. 15
Uno,
Nerón, el sexto César, estaba en el trono mientras Juan
escribía
el Apocalipsis. El otro no ha venido todavía; y cuando venga,
debe
permanecer un poco de tiempo: Galba, el séptimo César,
reinó
durante menos de siete meses.
11 Pero la caída de la
dinastía
julio-claudiana y el severo caos político que la siguió
no
debería ser interpretado por los cristianos como el fin de los
problemas.
Porque su verdadero enemigo es la bestia, que se encarnará en
otros
Césares también. Él es también el octavo
rey,
pero es de los siete: la brutalidad anticristiana de los tiranos que se
sucedieron los marcará como de la misma clase que sus
predecesores.
En la Biblia, ocho es el número de resurrección; Juan
está
advirtiendo que, aunque el imperio parezca desintegrarse después
del reinado de los siete reyes, será "resucitado" nuevamente,
para
seguir viviendo en otros perseguidores de la Iglesia. Pero el regreso
del
imperio no resultará en victoria para la bestia, porque hasta el
octavo, la bestia resucitada, va a la destrucción. La Iglesia
tendrá
que tener paciencia durante el período del surgimiento de la
bestia,
pero ella tiene la seguridad de que sus enemigos no tendrán
éxito.
Su Rey resultará victorioso; sus siervos han sido predestinados
a compartir su triunfo.
12 Los diez cuernos que Juan vio
sobre la bestia son diez reyes. En la Biblia, como hemos observado en
otras
ocasiones, el número 10 se relaciona con el concepto de
"muchos",
de plenitud cuantitativa o numérica. Que estos "reyes"
están
asociados con la bestia, adornando sus cabezas como "coronas", y que
reciben
autoridad junto con la bestia (es decir, en virtud de su
relación
con ella) indica que ellos son gobernantes que están sujetos a,
o aliados con, el imperio. En la realidad, Roma tenía diez
provincias
imperiales, y algunos han entendido esto como una referencia a ellas. 16
Sin embargo, no es necesario intentar una definición precisa de
estos diez reyes súbditos; el símbolo simplemente
representa
"la totalidad de los reyes súbditos aliados que
ayudaron
a Roma en sus guerras tanto contra el judaísmo como contra el
cristianismo".
17
El énfasis del texto señala a estos reyes, con los cuales
la ramera ha comerciado (v. 2), como los instrumentos de su
destrucción
eventual (v. 16-17).
13-14 Juan nos informa que los "diez
reyes" se unen a la bestia contra Cristo, persiguiendo a la Iglesia a
través
de las provincias y los reinos subordinados del imperio: Éstos
tienen
un propósito, y dan su poder y su autoridad a la bestia para
hacer
guerra contra el Cordero, como Miguel y sus ángeles
habían
hecho guerra contra el dragón (12:7). Esto ha sido siempre el
fin
último del ejercicio del gobierno por parte del hombre
réprobo:
el intento de destronar a Dios. Como predijo el salmista: "Se
levantarán
los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos
contra
Jehová y contra su ungido" (Sal. 2:2; comp. Hech. 2:26). El
comentario
apostólico sobre este texto queda revelado en una oración
temprana de la Iglesia perseguida. Después de citar a Salmos 2,
dicen: "Pues verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo
Hijo
Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los
gentiles
y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo
habían
antes determinado que ocurriera" (Hech. 4:27-28). Los impíos se
unen con los lazos del odio contra el Hijo de Dios, el Ungido. Por eso
se nos cuenta el resultado de la conspiración de Herodes y
Pilatos
contra Cristo: "Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día;
porque antes estaban enemistados entre sí" (Lucas 23:12). Los
enemigos
se unirán para combatir al adversario común, y en el
advenimiento
de Cristo vemos unirse al mundo de los paganos y los apóstatas
en
rebelión contra Él. Pero, mucho antes, el salmista
había
advertido a reyes y gobernantes: "Servid a Jehová con temor, y
alegraos
con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis
en
el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los
que en él confían" (Sal. 2:11-12). El resultado de esta
lucha
cósmica queda así asegurado, y es inevitable: Y el
Cordero
les vencerá, porque Él es Señor de señores
y Rey de reyes, y los que con él están son los llamados,
y los elegidos, y los fieles. Juan asegura a la Iglesia que, en su
terrible
y aterrador conflicto con el impresionante poder de la Roma imperial, la
victoria del cristianismo está garantizada.
15 Ahora el ángel explica
el significado de las aguas ... donde se sienta la ramera. Las aguas se
describen en términos de una cuádruple
designación:
pueblos y multitudes y naciones y lenguas, es decir, el mundo. La
identificación
de las naciones impías y rebeldes del mundo con el mar
enfurecido
es familiar en la Escritura (comp. 13:1). Isaías escribió
de "multitud de muchos pueblos que harán ruido como estruendo
del
mar, y murmullo de naciones que harán alboroto como bramido de
muchas
aguas. Los pueblos harán estrépito como de ruido de
muchas
aguas; pero Dios los reprenderá, y huirán lejos;
serán
ahuyentados como el tamo de los montes delante del viento, y como el
polvo
delante del torbellino" (Isa. 17:12-13). "Los impíos son como el
mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan
cieno
y lodo. No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos" (Isa.
57:20-21).
Jerusalén podría
realmente
ser representada como sentada sobre "muchas aguas" (es decir, las
naciones)
a causa de la grande y difundida influencia que los judíos
ejercían
en todas partes del Imperio Romano antes de la destrucción de
Jerusalén.
Sus sinagogas estaban en todas las ciudades, y la extensión de
su
colonización puede verse en el registro del día de
Pentecostés,
que nos cuenta que "moraban entonces en Jerusalén judíos,
hombres piadosos, de todas las naciones bajo el cielo" (Hech. 2:5). 18
16 En su guerra contra Cristo, las
naciones furiosas se vuelven contra la ramera, a causa de la
conexión
entre ella y Él. 19
El ángel presenta esta nueva enemistad hacia la ramera por medio
de una cuádruple descripción: Los pueblos del imperio
aborrecerán
a la ramera, y la dejarán desolada y desnuda, y devorarán
sus carnes, y la quemarán con fuego (comp. Jer. 13:26; Lam.
1:8-9;
Nah. 3:5). Jerusalén había fornicado con las naciones
paganas,
pero en el año 70 d. C. se volvieron contra ella y la
destruyeron,
dejándola desolada (la misma palabra se usa en Mateo 24:15,
Marcos
13:14, y Lucas 21:20, reflejando la versión griega de Daniel
9:26-27;
la abominación de desolación). En el mundo antiguo, uno
de
los castigos para una mujer adúltera convicta era la
humillación
pública de ser desnudada (comp. Isa. 47:2-3; Jer. 13:26; Lam.
1:8;
Eze. 16:37, 39; 23:29; Ose. 2:10; Nah. 3:5).
Ota conexión con "Jezabel"
(2:20; comp. el comentario sobre 17:5) se hace aquí: Las
naciones
comen sus carnes, como los perros (comp. 22:15) habían comido
las
carnes de la Jezabel original (1 Reyes 21:23-24; 2 Reyes 9:30-37). Los
profetas que hablaban de Jerusalén como de la ramera
habían
dicho que, de la misma manera que la hija de un sacerdote que se
volviera
ramera debía ser "quemada con fuego" (Lev. 21:9, así
también
Dios usaría a los antiguos "amantes" de Jerusalén, las
naciones
paganas, para destruirla y quemarla hasta dejarla a ras del suelo (Jer.
4:11-13, 30-31; Eze. 16:37- 41; 23:22, 25-30). Russell ha observado que
"Tácito habla de la enconada animosidad de la cual los
auxiliares
árabes de Tito estaban llenos contra los judíos, 20
y, en las matanzas a gran escala de ese pueblo desafortunado,
perpetradas
en muchas grandes ciudades justo antes de que estallara la guerra,
tenemos
una terrible prueba del odio que las naciones vecinas sentían
contra
los judíos. La población judía entera de Cesarea
fue
masacrada en un sólo día. En Siria, cada ciudad fue
dividida
en dos campamentos, judíos y sirios. En Sitópolis,
más
de trece mil judíos fueron masacrados; en Ascalón,
Ptolomeo,
y Tiro, tuvieron lugar atrocidades similares. Peo en Alejandría,
la carnicería de los habitantes judíos excedió a
todas
las otras matanzas. El barrio judío entero fue inundado de
sangre,
y cincuenta mil cadáveres yacían en horrorosos montones
en
las calles. 21
Este
es un comentario terrible sobre las palabras del
ángel-intérprete:
'Los diez cuernos que viste en la bestia aborrecerán a la
ramera',
etc." 22
Es importante que nos demos cuenta
de que, como observamos más arriba, la bestia destruyó a
Jerusalén como parte de su guerra contra Cristo; el motivo de
los
dirigentes romanos para destruir el templo no fue sólo para
sofocar
la rebelión, sino para aniquilar el cristianismo, como lo
registra
Sulpicio Severo:
Después de
convocar
a consejo, Tito dijo que primero había deliberado si
debía
destruir el templo, una estructura de tan extraordinaria
construcción.
Porque les parecía bien a algunos que un edificio sagrado,
distinguido
por encima de todos los logros humanos, no debía ser destruido
por
cuanto que, si se conservaba, proporcionaría evidencia de la
moderación
de los romanos, y que, si se destruía, sería una prueba
perpetua
de la crueldad romana. Pero, por otro lado, otros, y Tito mismo,
pensaban
que el templo debía ser derribado especialmente, para que la
religión
de los judíos y de los cristianos pudiera ser subvertida
más
completamente; que estas dos religiones, aunque contrarias entre
sí,
habían sin embargo procedido de los mismos autores; que los
cristianos
habían surgido de entre los judíos; y que, si la
raíz
era extirpada, el vástago perecería rápidamente. 23
¡La bestia pensó que
podría
matar a la ramera y a la Esposa de un solo golpe! Pero, cuando el polvo
se asentó, el andamiaje de la antigua y apóstata
Jerusalén
yacía en ruinas, y la Iglesia se había revelado como el
templo
nuevo y más glorioso, la morada eterna de Dios.
17 El Señor soberano no está,
pues, a merced de la bestia y sus secuaces; más bien, todos
estos
eventos han sido predestinados para la gloria de Dios, por medio de la
ejecución de sus decretos. Porque Dios ha puesto en sus
corazones
ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a
la
bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios. Obviamente, es pecado
que estos reyes den sus reinos a la bestia con el propósito de
hacer
guerra contra el Cordero. ¡Y sin embargo, es Dios quien puso esto
en sus corazones! Por supuesto, algunos se lamentarán de que
esto
convierte a Dios en "el autor del pecado". La respuesta obvia a una
objeción
como ésta es que el texto dice que Dios puso en
sus
corazones el propósito perverso; al mismo tiempo, se nos asegura
que "Jehová es justo en todos sus caminos". Si creemos a la
Biblia,
debemos creer tanto a Apocalipsis 17:17 como a Salmos 145:17. Debemos
aferrarnos
firmemente a dos puntos aparentemente contradictorios: Primero, Dios no
es responsable del pecado; segundo, nada sucede a pesar de él, o
en oposición a su propósito. 24
Por esto, para los que luchan con la Palabra de Dios, la respuesta
bíblica
es categórica: "Mas antes, oh hombre, ¿quién eres
tú para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de
barro
al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?
¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de
la
misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?" (Rom. 9:20-21).
San
Agustín observó: "Por lo tanto, está en la
potestad
del impío el pecar; pero que al pecar ellos hagan esto o
aquéllo
no está en su mano, sino en la Dios, el cual divide las
tinieblas
y las regula; de manera que, por esta razón, aún lo
que hacen contrario a la voluntad de Dios no se cumple, excepto si es
la
voluntad de Dios". 25
Todo el propósito de la ira
de los reyes paganos, de unirse en conspiración tanto contra la
Esposa como contra la ramera, de entregar sus reinos a la bestia y
recibir
poder durante una hora con ella, queda ahora revelado. Dios ha puesto
en
sus corazones ejecutar lo que él quiso, hasta que se cumplan las
palabras de Dios. La guerra entre Cristo y la bestia, que culmina con
la
desolación de la ramera, tuvo lugar en cumplimiento de los
anuncios
de Dios por medio de sus profetas. Las maldiciones del pacto (Deut. 28)
fueron ejecutadas en Israel por medio de la bestia y los diez
cuernos.
Ellos fueron los instrumentos de la ira de Dios, como Cristo
había
predicho en su discurso en el Monte de los Olivos. Durante estos
horrorosos
"días de retribución", dijo, se cumplirían todas
las cosas que estaban escritas (Lucas 21:22). La visión y la
profecía serían selladas y completadas en la
destrucción
del antiguo orden mundial (Dan. 9:24).
18 Ahora el ángel identifica
a la ramera como la gran ciudad, un término que, como hemos
visto,
Juan usa para identificar a Jerusalén, donde el Señor fue
crucificado (11:8; 16:19). Además, dice el ángel, esta
ciudad
reina sobre todos los reyes de la tierra. Es quizás este
versículo, más que ningún otro, lo que ha
confundido
a los expositores y los ha hecho suponer, contra toda evidencia, que la
ramera es Roma. Si la ciudad es Jerusalén, ¿cómo
puede
decirse de ella que esgrime esta clase de poder político
mundial?
La respuesta es que Apocalipsis no es un libro sobre
política;
es un libro sobre el Pacto. Jerusalén sí
reinaba sobre las naciones. Ella sí poseía
un reino que era sobre todos los reinos del mundo. Ella tenía
una
prioridad de pacto sobre los reinos de la tierra. Israel era un
reino de sacerdotes (Éx. 19:6), ejerciendo un ministerio
sacerdotal
de tutela, enseñanza, e intercesión a favor de las
naciones
del mundo. Cuando Israel era fiel a Dios, ofreciendo sacrificios por
las
naciones, el mundo estaba en paz; cuando Israel rompió el Pacto,
el mundo estuvo en agitación. Las naciones gentiles
reconocían
esto (1 Reyes 10:24; Esdras 1; 4-7; comp. Rom. 2:17-24). 26
Pero, perversamente, trataron de seducir a Israel para que fornicara
contra
el pacto - y cuando Israel lo hizo, se volvieron contra él y lo
destruyeron. Ese patrón se repitió varias veces, hasta la
excomunión final de Israel en el año 70 d. C., cuando
Jerusalén
fue destruída. La desolación de la ramera fue la
señal
final de Dios de que el reino había sido transferido a su nuevo
pueblo, la Iglesia (Mat. 21:43; 1 Ped. 2:9; Apoc. 11:19; 15:5; 21:3).
Un
Israel nacional jamás volverá a poseer el reino que era
sobre
todos los otros reinos.
Notas:
1.
El fracaso del sacerdocio, y las consecuencias
de esto para la Esposa, son temas recurrentes en las Escrituras.
Véase
de James B. Jordan, Judges: God´s War Against Humanism
(Tyler,
TX: Geneva Ministries, 1985).
2. Es digno de notar que tanto Tiro como Nínive
- las únicas dos ciudades fuera de IIsrael acusadas de
prostitución
- habían estado en pacto con Dios. EEn los tiempos de David y de
Salomón, el reino de Tiro se había convertido al culto
del
Dios verdadero, y su rey entró en pacto con Salomón y
ayudó
en la construcción del templo (1 Reyes 5:1-12; 9:13; Amós
1:9); Nínive se convirtió bajo el ministerio de
Jonás
(Jonás 3:5-10). La posterior apostasía de estas dos
ciudades
podría correctamente considerarse prostitución.
3.
Para una breve revisión del tema de
la ramera en la Escritura, véase el excelente librito de Francis
Schaeffer, The Church Before the Watching World (Downers Grove,
IL: InterVarsity Press, 1971), Chapter 2: "Adultery and Apostasy - The
Bride and the Bridegroom Theme".
4.
Para una discusión completa de este
punto, véase de Calum M. Carmichael, "Treading in the Book
of Ruth", ZAW 92 (1980), pp. 248-266.
5. La actitud del Reverendo H. Foster, Rector
de Clerkenwell a principios del siglo diecinueve, es probablemente
representativa.
Discutiendo la corrección de predicar sobre los Cánticos
(los Cantares de Salomón), dice: "He predicado sobre varios
textos
independientes de los Cantares. Una vez examiné Ezequiel 16,
pero
no me atrevería a hacerlo nuevamente". Citado en la obra de John
H. Pratt, cd., The Thought of the Evangelical Leaders: Notes of the
Discussions of the Eclectic Society, London, During the Years 1798-1814
(Edinburgh: The Banner of Truth Trust, [1856] 1978), p. 441. En una era
más prosaica, John Calvin pudo ser mucho más
explícito
en sus conferencias - hasta el punto de que su traductor del siglo
diecinueve
simplemente borró varios pasajes, con esta nota: "El Reformador
se espacia tan detalladamente en el lenguaje del Profeta, que el
refinado
gusto de los tiempos modernos no soportaría una
traducción
literal de algunas cláusulas". Thomas Myers, en la obra Commentaries
on the First Twenty Chapters of the Book of the Prophet Ezekiel, de
Calvino (Grand Rapids: Baker Book House, reimpresión de 1979),
Vol.
2, p. 127. Comp. la omisión de otro traductor de los comentarios
de Calvino sobre Gén. 38:8-10 (Commentaries on the First
Book
of Moses, Baker Book House, 1979, Vol. 2, p. 281).
6.
Véase el comentario sobre 12:6; comp.
las notas sobre el tema del desierto en la obra de David Chilton, Paradise
Restored: A Biblical Theology of Dominion (Ft. Worth, TX: Dominion
Press, 1985), pp. 24, 46, 50-53).
7.
Josephus, The Jewish War, v.v.4.
8. Para una discusión extensa, aunque
preliminar,
de las relaciones entre la pureza culinaria y la pureza sexual en la
Ley,
véase, de Mary Douglas, Purity and Danger: An Analysis of
the
Concepts of Pollution and Taboo (London: Routledge and Kegan Paul,
[1966] 1969), Ch. 3: "The Abominations of Leviticus" (pp. 41-57);
ídem,
Implicit
Meanings: Essays in Anthropology (London: Routledge & Kegan
Paul,
1975), Ch. 16: "Deciphering a Meal" (pp. 249-275).
9.
J. Massyngberde Ford, Revelation: A New
Translation with Introduction and Commentary (Garden City, NY:
Doubleday
and Co., 1975), p. 288.
10.
Eugenio Corsini, The Apocalypse: The Perennial
Revelation of Jesus Christ (Wilmington, DE: Michael Glazier, 1983),
p. 335.
11.
Milton S. Terry, Biblical Apocalyptic:
A Study of the Most Notable Revelations of God and of Christ in the
Canonical
Scriptures (New York: Eaton & Maisn, 1898), pp. 429s.
12.
Ford, p. 289.
13. En contexto (v. 6-8), Pedro cita las
profecías
de Isaías sobre el rechazo de Cristo por parte de los
judíos
(Isa. 8:14; 28:16; véase Mat. 28:12-15). John Brown de Edinburgo
comentaba sobre 1 Pedro 2:8: "La referencia directa del término
desobediente es, sin duda, a los judíos incrédulos.
Cuando
Dios les proclamó: 'He aquí que yo he puesto en
Sión
por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de
cimiento
estable; el que creyere, no se apresure', no le creyeron esta
declaración.
Desobedecieron el mandato. Rechazaron la piedra. No quisieron construir
sobre ella. No quisieron recibir a Jesús como el Mesías;
por el contrario, le 'tomaron, y con manos impías le
cruicificaron
y le mataron'" (Expository Discourses on 1 Peter, dos
volúmenes;
Edinburgh: The Banner of Truth Trust, [1848] 1975, Vol. 1, p.314).
14. Concordamos con Russell (The Parousia,
p. 492) en que no es en modo alguno necesario buscar siete
montañas
en Jerusalén como cumplimiento de esta afirmación. La
ramera
está sentada sobre la bestia, y por ende lo está sobre
las
siete colinas de Roma; en otras palabras, el judaísmo
apóstata,
centrado en la ciudad de Jerusalén, está sostenido por el
Imperio Romano.
15. Algunos han cuestionado esto puesto que, en
un sentido técnico, el Imperio se inició con Augusto, no
con Julio (comp. Tácito, The Annals, i.1 [Los Anales]).
Sin
embargo, era un tecnicismo que, por lo que concernía a la
conversación
normal y la comunicación escrita del siglo primero, era
irrelevante.
Para todos los fines prácticos, Julio César era
emperador:
Reclamaba el título de imperator, y la mayoría de
los primeros escritores romanos, cristianos, y judíos le cuentan
como el primer emperador. Suetonio comienza su Lives of the Twelve
Caesars
[Vidas de los Doce Césares] con Julio como el primer emperador,
como lo hace Dio Cassio en su Roman History [Historia Romana].
El
Libro 5 de los Sybilline Oracles [Oráculos Sibilinos]
llama
a Julio "el primer rey", y Esdras 12:15 habla de Augusto como "el
segundo" de los emperadores. Para nuestros fines, Josefo parece
proporcionar
el testimonio más convincente, pues escribió para un
auditorio
tanto romano como judío, en el lenguaje común de sus
días.
En su obra Antiquities of the Jews [Antigüedades de los
Judíos],
habla claramente de Augusto y de Tiberio como del segundo y el tercer
emperadores,
respectivamente (xviii.ii.2), de Calígula como el cuarto
(xviii.vi.10),
y de Julio como el primero (xix.i.11). La más extensa
discusión
de toda la evidencia está en la obra de Moses Stuart, Commentary
on the Apocalypse [Comentario Sobre Apocalipsis], dos vols.,
(Andover:
Allen, Merrill, and Wardwell, 1845), Vol. 2, pp. 445-452; comp. Isbon
T.
Beckwith, The Apocalypse of John: Studies in Introduction with an
Exegetical
and Critical Commentary [El Apocalipsis de Juan: Estudios Sobre la
Introducción, con un Comentario Exegético y
Crítico],
(Grand Rapids: Baker Book House, [1919] 1979). pp. 704s.
16.
Éstas eran: Italia, Acaya, Asia, Siria,
Egipto, Africa, España, Galia, Bretaña, y Alemania.
Véase,
de F. W. Farrar, The Early Days of Christianity (Chicago and
New
York: Belford, Clarke & Co., 1882), p. 532.
17.
Terry, p. 433.
18. Lucas pasa a describir algunas de estas
nacionalidades:
"Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea,
en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y
en las regiones de África más allá de Cirene, y
romanos
aquí residentes, tanto judíos como prosélitos,
cretenses
y árabes" (Hechos 2:9-11).
19. Aparte de la hipótesis de que es
Jerusalén,
la destrucción de la ramera por sus antiguos "amantes" es
inexplicable.
Hay una clara conexión contextual entre la guerra de la naciones
contra Cristo y la guerra de las naciones contra la ramera. La
oposición
de ellas es, primero y más importante, contra Él; la
destrucción
de ella por parte de las naciones es representada como un aspecto del
intento
de ellas por destruir a Cristo.
20.
Cornelius Tacitus, The Histories, v. 1.
21.
Josephus, The Jewish War, ii.xviii.
22.
J. Stuart Russell, The Parousia: A Critical
Inquiry into the New Testament Doctrine of Our Lord´s Second
Coming
(Grand Rapids: Baker Book House, [1887] 1983). p. 503.
23. The Sacred History of Sulpitius Severus,
en
A Select Library of Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian
Church
(Grand Rapids: Eerdmans, [n.d.] 1973), Second Series, Vol. 11, p. 111.
Esta información de Sulpicio parece haberse derivado del
registro
de Tácito de relatos de testigos. Véase, de Michael
Grant,
The
Twelve Caesars (New York: Charles Scribners Sons, 197), pp. 228s.
24. Esto nos parece contradictorio porque somos
criaturas.
Los problemas como la relación entre la soberanía de Dios
y la responsabilidad humana, o entre la soberanía de Dios y su
justicia,
o entre la unidad y la diversidad dentro de la Trinidad, no pueden ser
"resueltos" por nosotros porque no somos capaces de comprender a Dios.
Cornelius Van Til escribe: "El conocimiento humano jamás
podrá
ser conocimiento completamente abarcante. Toda transacción de
conocimiento
tiene en alguna parte de ella un punto de referencia a Dios. Ahora
bien,
como Dios no nos es plenamente comprensible, es probable que lleguemos
a lo que parece una contradicción en todo nuestro conocimiento.
Nuestro conocimiento es analógico, y, por lo tanto, tiene
que ser paradójico"
(The Defense of the Faith, Philadelphia:
Presbyterian and Reformed, tercera edición revisada, 1967, p.
44).
Por esta razón, "toda enseñanza de la Escritura es
aparentemente
contradictoria" (Common Grace and the Gospel, Nutley, NJ:
Presbyterian
and Reformed, 1972, p. 142; comp. pp. 9ss.; comp. de Van Til, Introduction
to Systematic Theology, Presbyterian and Reformed, pp. 247ss. Para
una discusión completa de esta cuestión, véase de
John Frame "The Problem of Theological Paradox", en la obra de Gary
North,
ed., Foundations of Christian Scholarship
(Vallecito, CA: Ross House
Books, 1976), pp. 295-330.
25.
San Agustín, Anti-Pelagian Works,
Peter Holmes y Robert Ernest Wallis, trad. (Grand Rapids: William B.
Eerdmans,
reimpreso 1971), p. 514, las cursivas han sido añadidas; comp.
John
Calvin, Institutes of the Christian Religion, ii.iv.4.
26. Josefo señala repetidamente que las
naciones habían reconocido históricamente la santidad y
la
centralidad del Templo: "Este célebre lugar... era estimado por
toda la humanidad" (The Jewish War, v.i.3; comp. v.ix.4;
v.xiii.6).
De hecho, la acción de los rebeldes judíos, en el verano
del año 66 d. C., de suspender los sacrificios diarios para el
Emperador
(en violación, como apunta Josefo, de una costumbre de
hacía
mucho tiempo) fue el suceso que, por sí solo, precipitó
finalmente
la guerra de Roma contra los judíos (ii.xvii.2-4). Hasta el
mismo
final, mientras Tito se preparaba para arrasar la ciudad hasta el
suelo,
todavía les rogaba a los sacerdotes judíos que ofrecieran
los sacrificios, que para ese momento ya habían sido
descontinuados
por completo (vi.ii.1).