DÍAS
DE RETRIBUCIÓN
Una exposición del
libro
de Apocalipsis
(PDF)
Título de la obra en
inglés:
Days of Vengeance
Por David Chilton
Tomado de Freebooks
Parte Tres
7
EL VERDADERO ISRAEL
Las dos visiones de este capítulo (v. 1-8 y v.
9-17) son todavía parte del sexto sello, y proporcionan una
solución
al problema de la caída de Israel. Y, sin embargo,
también
forman un intervalo o entreacto, un período de tardanza entre el
sexto y el séptimo sellos, que sirve para realzar el sentido de
espera de la cual se quejan los santos en 6:10, puesto que esta
sección
es en parte la divina respuesta a su oración (comp. la tardanza
entre la sexta y la séptima trompetas, 10:1-11:14). Antes de la
caída de Jerusalén, el cristianismo estaba mayormente
identificado
con Israel, y los futuros de los dos estaban interconectados. Los
cristianos
no eran separatistas; se consideraban a sí mismos los verdaderos
herederos de Abraham y de Moisés, y a su religión como el
cumplimiento de todas las promesas hechas a los padres. Que la iglesia
existiera separada por completo de la nacionalidad israelita y de la
Tierra
Santa era virtualmente inimaginable. Por eso, si la ira de Dios hubiera
de ser desatada sobre Israel con toda la furia no diluída
presentada
en el sexto sello, trayendo la re-creación del cielo y de la
tierra
y la aniquilación de la humanidad, ¿qué
sería
de la iglesia? ¿Qué ocurriría con los fieles que
se
encontrasen en medio de una civilización que se derrumbaba?
¿Sería
destruído el remanente creyente en la conflagración
venidera
junto con los enemigos de la fe?
La respuesta dada en estas visiones es que "no nos ha
puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de
nuestro Señor Jesucristo" (1 Tesa. 5:9). La iglesia será
preservada. En realidad, en términos del juicio venidero sobre
Israel,
el Señor había dado instrucciones explícitas sobre
cómo escapar de la Tribulación (véase Mat.
24:15-25;
Mar. 13:14-23; Luc. 21:20-24). Los cristianos que vivían en
Jerusalén
obedecieron la amonestación profética, y fueron
preservados,
como Marcellus Kik señaló en su estudio de Mateo 24: "Una
de las cosas más notables acerca del sitio de Jerusalén
fue
el milagroso escape de los cristianos. Se ha calculado que más
de
un millón de judíos perdieron la vida en aquel terrible
sitio,
pero ninguno de ellos era cristiano. Esto lo indicó nuestro
Señor
en el versículo 13: 'Mas el que persevere hasta el fin,
éste
será salvo'. Que el 'fin' de que Él hablaba no era la
terminación
de la vida de los cristianos, sino el fin de Jerusalén, es
evidente
según el contexto. Inmediatamente después de este
versículo,
Jesús continúa relatando el momento exacto del fin. Los
cristianos
que vivieran hasta el fin serían salvados de la terrible
tribulación.
Cristo indica también el momento en que los cristianos
debían
huir de la ciudad para que pudieran salvarse de su destrucción.
Esto queda verificado en un pasaje paralelo (Lucas 21:18): 'Pero ni un
cabello de vuestra cabeza perecerá'. En otras palabras, durante
la desolación de Jerusalén, los cristianos
quedarían
indemnes, aunque en el período anterior a esto algunos perdieron
la vida a causa de la persecución". 1
Los 144.000
sellados (7:1-8)
1 Y después de esto vi a cuatro ángeles
en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, que
detenían
los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento alguno
sobre
la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol.
2 Vi también a otro ángel que
subía
de donde sale el sol, y tenía el sello del Dios vivo; y
clamó
a gran voz a los cuatro ángeles, a quienes se les había
dado
el poder de hacer daño a la tierra y al mar,
3 diciendo: No hagáis daño a la tierra,
ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en sus
frentes
a los siervos de nuestro Dios.
4 Y oí el número de los sellados:
ciento
cujarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de
Israel.
5 De la tribu de Judá, doce mil sellados. De
la
tribu de Rubén, doce mil sellados. De la tribu de Gad, doce mil
sellados.
6 De la tribu de Aser, doce mil sellados. De la tribu
de Neftalí, doce mil sellados. De la tribu de Manasés,
doce
mil sellados.
7 De la tribu de Simeón, doce mil sellados. De
la tribu de Leví, doce mil sellados. De la tribu de Isacar, doce
mil sellados.
8 De la tribu de Zabulón, doce mil sellados.
De
la tribu de José, doce mil sellados. De la tribu de
Benjamín,
doce mil sellados.
1-3 Juan ve cuatro ángeles de pie en los cuatro
ángulos
de la tierra, mensajeros divinos a los cuales se les concedió
poder
para dañar la tierra y el mar; y sin embargo, aquí
están
deteniendo los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase
ningún
viento sobre la tierra ni sobre el mar ni sobre ningún
árbol.
Aunque la tierra y el mar están en caso
genitivo,
árbol
está en acusativo, indicando que Juan desea llamar la
atención
a él. A través de la Biblia, los árboles son
imágenes
de hombres (Jud. 9:8-15). En particular, son símbolos de los
justos
(Éx. 15:17; Sal. 1:3; 92:12-14; Isa. 61:3; Jer. 17:5-8). 2
En la Escritura, el viento se usa en relación con
la venida de Dios y la acción de sus ángeles, bien en
bendición,
o en maldición (Comp. Gén. 8:1; 41:27; Éx. 10:13,
19; 14:21; 15:10; Núm. 11:31; Sal. 18:10; 104:3-4; 107:25;
135:7;
147:18; 148:8; Juan 3:8; Hech. 2:2). En este caso, el ángel
habla
del sirocco, el cálido viento del desierto que achicharra la
vegetación,
como figura del ardiente juicio de Dios sobre los impíos (comp.
16:9, y contrástese con 7:16):
Aunque él fructifique entre los
hermanos,
vendrá el solano, viento de Jehová; se levantará
desde
el desierto, y se secará su manantial, y se agotará su
fuente;
él saqueará el tesoro de todas sus preciosas alhajas.
Samaria
será asolada, porque se rebeló contra su Dios;
caerán
a espada; sus niños serán estrellados, y sus mujeres
encinta
serán abiertas. (Oseas 13:15-16).
Como hemos visto, 3
la asociación de ángeles con la "naturaleza" no es una
"mera"
imagen. Por medio de sus ángeles, Dios controla los patrones
climatológicos,
y usa el estado del tiempo como instrumento de bendición y de
juicio.
Desde el mismo primer versículo, la Biblia está escrita
en
términos de lo que Gary North llama personalismo
cósmico:
"Dios no creó un universo auto-sostenible, que ahora ha sido
dejado
para que funcione en términos de las leyes autónomas de
la
naturaleza. El universo no es un mecanismo gigante, como un reloj, al
que
Dios le dio cuerda al principio del tiempo. El nuestro no es un mundo
mecánico,
ni una entidad biológica autónoma, que crece según
algún código genético del cosmos. El nuestro es un
mundo activamente sostenido por Dios segundo a segundo (Job 38-41).
Toda
la creación es inescapablemente personal y teocéntrica.
'Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se
hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo
entendidas
por medio de las cosas hechas ...' (Rom. 1:20).
"Si el universo es inescapablemente personal, entonces
no puede haber ningún fenómeno ni suceso en la
creación
que sea independiente de Dios. De ningún fenómeno se
puede
decir que existe separado del plan incluyente de Dios para las edades.
No hay ninguna 'objetividad bruta' que no haya sido interpretada. Nada
en el universo es autónomo... Nada en la creación
genera sus propias condiciones de existencia, incluyendo la estructura
legal bajo la cual algo funciona o se hace funcionar. Cada hecho en el
universo, de principio a fin, es exhaustivamente interpretado por Dios
en términos de su ser, su plan, y su poder". 4
Los cuatro ángeles están deteniendo el juicio
en obediencia a la orden de otro ángel, al cual Juan ve
ascendiendo
desde el nacimiento del sol, de donde tradicionalmente han venido las
acciones
de Dios en la historia (comp. Isa. 41:1-4, 25; 46:11; Eze. 43:1-3).
Este
ángel viene como representante de Cristo, la Salida del sol
desde
lo alto, que nos ha visitado (Luc. 1:78), el Sol de justicia que se ha
levantado llevando sanidad en sus alas (Mal. 4:2; comp. Efe. 5:14; 2
Ped.
1:19). Posee el espíritu sin medida (Juan 3:34), el sello del
Dios
viviente, con el cual identifica al pueblo de su propia
posesión,
y por cuyas órdenes los juicios sobre la tierra no son
plenamente
derramados hasta que nosotros - Cristo y sus mensajeros - hayan sellado
a los siervos de nuestro Dios en sus frentes: El Sello del
Espíritu
(Efe. 1:13; 4:30) es aplicado a los justos antes de que los sellos de
la
ira sean aplicados a los impíos; Pentecostés precede al
Holocausto.
En el mundo bíblico, el sello significaba una
transferencia
de autoridad y poder, una garantía de protección, y una
marca
de propiedad (comp. 2 Cor. 1:21-22; 2 Tim. 2:19). El antecedente
original
para las imágenes de Juan es Ezequiel 9:1-7, que muestra a Dios
encargando a los verdugos que destruyan a cada uno en la ciudad de
Jerusalén;
los primeros en ser muertos son los ancianos en el templo. Sin embargo,
primero encarga a otro ángel que "pase por en medio de la
ciudad,
por en medio de Jerusalén, y ponerles una señal en la
frente
a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones
que se hacen en medio de ella" (v. 4). Los piadosos son marcados para
protegerlos,
para que los apóstatas de Jerusalén pueden ser
destruídos.
La marca en la frente es, por eso, un símbolo del
hombre restaurado a la comunidad con Dios. Un ejemplo impresionante de
esto era el Sumo Sacerdote, cuya frente estaba marcada con letras de
oro
que proclamaban que era SANTO A JEHOVÁ (Éx. 28:36).
Además,
en Deuteronomio 6:8, todo el pueblo de Dios está sellado en la
frente
y en la mano con la ley de Dios, del mismo modo que están
caracterizados
en vida por la obediencia fiel en pensamiento y acción a cada
palabra
de Dios.
La "marca" protectora en Ezequiel 9 es literalmente tav,
la última letra del alfabeto hebreo. La forma hebrea
antigua
de tav era +, una cruz - un hecho que no pasó
inadvertido
a la iglesia primitiva, que lo veía como "una referencia
cuasiprofética
al signo de la cruz como lo usaban los cristianos, y es posible que el
uso de ese signo en el bautismo se haya originado en este pasaje". 5
Tertuliano creía que Dios había dado a Ezequiel "la forma
misma de la cruz, que Él predijo sería la señal en
nuestras frentes en la Jerusalén verdaderamente
católica".
6
El santo bautismo, el sello del Espíritu (2 Cor. 1:21-22;
Gál.
3:27; Efe. 1:13-14; 4:30; comp. Rom. 4:11), identifica a estos
creyentes
como los esclavos guardadores del pacto de nuestro Dios, que
serán
preservados de la ira de Dios al ser destruídos los
impíos.
"El propósito del sellamiento era preservar el verdadero Israel
de Dios como simiente santa. El propósito no era salvarles de la
tribulación, sino preservarles en medio de la gran
tribulación
que estaba a punto de venir, y glorificarles por ello. Aunque el
antiguo
Israel sea desechado, un nuevo y santo Israel ha de ser escogido y
sellado
con el Espíritu y con el Dios viviente". 7
4-8 El número de los que fueron sellados se le
lee a Juan: Ciento cuarenta y cuatro mil de todas las tribus de los
hijos
de Israel, doce mil de cada una de las doce tribus. El número de
144.000 es obviamente simbólico: doce (el número
de
Israel) al cuadrado, multiplicado luego por 1000 (diez y sus
múltiplos,
que simbolizan muchos; comp. Deut. 1:11; 7:9; Sal. 50:10; 68:17; 84:10;
90:4). Juan nos presenta el Israel ideal, el Israel como debió
ser,
en toda su perfección, simetría, y plenitud; el santo
Ejército
de Dios, formado para el combate de acuerdo con sus millares (comp. 1
Crón.
4-7). El "millar" era la división militar básica en el
campamento
de Israel (Núm. 10:2-4, 35-36; 31:1-5; 48-54; 2 Sam 18:1; 1
Crón.
12:20; 13:1; 15:25; 26:26; 27:1; 28:1; 29:6; 2 Crón. 1:2;
17:14-19;
Sal. 68:17). Este es el significado de la famosa profecía de
Miqueas
sobre la Natividad: Aunque Belén es demasiado pequeña
para
ser contada "entre los millares de Judá", demasiado
insignificante
para ser considerada seriamente en la estrategia militar de la
nación,
"de tí me saldrá el que será Señor en
Israel",
el Rey que establecerá la justicia y la paz de Dios hasta los
confines
de la tierra (Miq. 5:1-15). Es en términos de estas
imágenes
bíblicas que Juan escucha gritar los nombres de las tribus: Juan
está escuchando el pase de lista de las huestes del
Señor.
En este caso, cada una de las tribus puede poner en el campo de batalla
doce divisiones completas, un ejército numéricamente
perfecto
de 144.000 soldados del Señor.
La visión de Juan de un ejército israelita
es, por esta razón, en las palabras de Milton Terry, "un cuadro
apocalíptico de aquella 'simiente santa' de la que habla
Isaías
en Isaías 6:13 - el remanente superviviente que estaba destinado
a permanecer como el tocón de un roble caído
después
de que las ciudades hubieran sido devastadas y la tierra hubiese
quedado
desolada - aquel 'remanente de Jacob', que había de ser
preservado
de 'la consumación ya determinada en medio de la tierra' (Isa.
10:21-23).
Es el mismo 'remanente escogido por gracia' del cual habla Pablo en
Romanos
9:27-28; 11:5. Dios no destruirá a Jerusalén, ni
dejará
desolados los que una vez fueron lugares santos, sin que primero escoja
y selle un número selecto como el principio de un nuevo Israel.
La primera iglesia cristiana fue formada de siervos de Dios escogidos
de
'las doce tribus de la dispersión' (Sant. 1:1), y el fin de la
era
judía no habría de llegar sino hasta que, por el
ministerio
de los apóstoles cristianos judíos y los profetas, el
evangelio
del reino hubiese sido predicado en el mundo entero por testimonio a
todas
las naciones (Mat. 24:14)". 8
Juan consuela a sus lectores: El juicio seguramente
será
derramado sobre los apóstatas del Antiguo Pacto, pero la iglesia
misma no está en peligro. En realidad, el pueblo del verdadero
pacto
está a salvo, íntegro, y completo. Aunque Dios
está
a punto de destruir a Jerusalén, aniquilando hasta el
último
vestigio del orden mundial y el sistema de culto del Antiguo Pacto,
Israel
perdura. Las promesas del pacto hechas a Abraham, Isaac, y Jacob no son
puestas en peligro en lo más mínimo. De hecho, el
derramamiento
de la ira de Dios en la destrucción de Jerusalén
sólo
servirá para revelar al verdadero Israel en una gloria mayor que
nunca antes. Jerusalén es saqueada y quemada, sus habitantes
muertos
y dispersados; pero Israel - todo su pueblo, en todas las
tribus
- es sellado y salvado. "Por esto, el juiciio no es sólo el otro
lado de la moneda de la salvación, sino también un acto
de
gracia y misericordia hacia el pueblo de Dios. Por devastadora que
fuera
a ser la caída de Jerusalén para el remanente fiel, sin
esa
caída no habría quedado ningún remanente". 9
El orden de las doce
tribus en
Apocalipsis
He puesto esta sección por separado porque sin
duda será la parte del libro más aburrida de leer. El
lector
que se canse fácilmente debería echarle un breve vistazo
y seguir adelante. Aunque he tratado de simplificar la discusión
hasta donde sea posible, me temo que todavía aparece
extremadamente
compleja. Todo esto sería mucho más fácil si
conociéramos
nuestras Biblias tan bien como la conocían los niños en
las
sinagogas del siglo primero: Si supiéramos de memoria los
nombres
de los hijos de Jacob y los de sus madres, y los más o menos
veinte
órdenes en los cuales son listados en el Antiguo Testamento (y
las
razones para cada variante), entenderíamos casi inmediatamente
lo
que Juan ha hecho con esta lista, y por qué.
Algunas observaciones de Austin Farrer son especialmente
pertinentes aquí: "El propósito de los símbolos es
que se entiendan inmediatamente, el propósito de explicarlos es
el de restaurar y construir el hecho de entenderlos. Esta es una tarea
un poco delicada. Con su mente consciente, el autor no había
pensado
cada significado, cada interconexión de sus imágenes. Los
símbolos habían funcionado en su pensamiento, no se
habían
pensado ellos mismos. Si tratamos de revelarlos, parecerá que
sobreintelectualizamos
el proceso de su mente, para representar un nacimiento imaginativo como
una construcción especulativa. Una representación como
ésta
no sólo malrepresenta, sino que también destruye, la
creencia,
porque nadie puede creer en el proceso cuando se representa de esta
manera.
Somos conscientes de que ninguna mente puede pensar con tal
grado
de complejidad sin destruir la vida del producto del pensamiento. Y sin
embargo, si no intelectualizamos así, no podemos interpretar en
absoluto; es una necesaria distorsión del método, y el
lector
tiene que soportarla pacientemente. Dígase de una vez por todas
que los convencionalismos no han de ser tomados literalmente. No
pretendemos
distinguir entre lo que se pensó discursivamente y lo que fue
concebido
intuitivamente en una mente que penetró sus imágenes con
inteligencia y enraizó sus actos intelectivos en la
imaginación...."
"El lector que persevere a través de los
análisis
que siguen puede naturalmente preguntar: '¿Cuánto de todo
esto comprendieron las congregaciones de las Siete Iglesias, cuando se
les leyó la pastoral apocalíptica de su arzobispo?' Sin
duda,
la respuesta es que, del análisis esquemático al cual
recurrimos,
no entendieron nada, porque estaban esuchando el Apocalipsis de Juan,
no
las elucubraciones del escritor actual. Eran hombres de su propia
generación,
escuchaban constantemente el Antiguo Testamento en sus propias
asambleas,
y estaban adiestrados por el predicador (que podía ser Juan
mismo)
para interpretarlo por medio de ciertos convencionalismos. Y
así,
sin análisis intelectual, recibirían los símbolos
simplemente por lo que eran. Entenderían lo que
entenderían,
y eso sería hasta donde tenían tiempo de digerir". 10
Por mucho tiempo, los eruditos se han sentido perplejos
por el orden de las tribus en la lista de Juan. Obviamente, Judá
es mencionado primero porque es la tribu de Jesucristo; aparte de eso,
muchos han supuesto que la lista o fue hecha al azar (dada la extrema
atención
que los escritores bíblicos - especialmente Juan -
ponían
a los detalles, esto es altamente improbable), o está encerrada
permanentemente en el misterio (esto es sólo pura arrogancia;
debemos
recordar siempre que, si no podemos responder una pregunta,
probablemente
aparecerá alguien que la resuelva en los siguientes cien
años
o algo así). Sin embargo, como de costumbre, la
explicación
de Austin Farrer es la que tiene más que ofrecer. Haciendo notar
que los nombres de las doce tribus están escritos en las puertas
de la Nueva Jerusalén (21:12), él propone que el orden de
las tribus corresponde al orden en que se mencionan las puertas: este,
norte, sur, oeste. Como podemos ver en el primer diagrama (que,
como
los mapas del mundo antiguo, está orientado hacia el este), 11
Juan comienza por la esquina oriental con Judá (porque
el
ángel sellador viene del este, v. 2), pasa a través de
Rubén
y Gad y Aser en la esquina norte, luego baja por el lado noroccidental
con Neftalí y Manasés; comenzando otra
vez
(veremos por qué en un momento), menciona a Simeón y a
Leví
en el lado sudoriental hasta Isacar en el sur, luego da vuelta
a
la esquina y pasa a través de Zabulón y
José,
y termina con Benjamín en la esquina occidental.

¿Por qué dispuso Juan la lista de tribus
de esta manera? La respuesta más probable (la de Farrer) se
encuentra
en Génesis y en Ezequiel. Las doce tribus descendían de
los
doce hijos de Jacob, que había engendrado por medio de sus
esposas
Lea y Raquel, y sus respectivas siervas, Zilpa y Bilha (legalmente, los
hijos de las siervas les pertenecían a Lea y a Raquel;
véase
Gén. 29:31-30:24 y 35:16-18). La lista de los hijos de Jacob es
como sigue:
|
LEA
|
RAQUEL
|
| Rubén, Simeón, Leví, Judá,
Isacar, Zabulón |
Dan, Neftalí (de Bilha) |
| Gad, Aser (de Zilpa) |
José, Benjamín |
Cuando
el profeta Ezequiel expuso su visión de
la Jerusalén ideal, él también mostró doce
puertas, una por cada tribu (Eze. 48:30-35).

A primera vista, esta
lista no parece tener mucho en común
con la de Juan, pero, cuando las miramos juntas, la relación
entre
ellas se ve muy estrecha. La lista de Ezequiel está dispuesta
muy
simétricamente. Ezequiel ha dividido los hijos de Lea en dos
grupos
principales de tres ("mayores" y "menores"), que se equilibran los unos
a los otros en el norte y en el sur. Los dos hijos de Raquel en el este
están dispuestos frente a los dos hijos de Zilpa en el oeste; y
debajo de cada par está uno de los hijos de Bilha.
Además,
Ezequiel ha colocado a Judá (la tribu real) en la hilera
superior
de tres, haciendo que intercambie lugares con Simeón.
Farrer explica la revisión que Juan hace de Ezequiel:
"Convierte a Raquel en un genuino trío, reemplazando el nombre
de
Manasés por el de Dan. En realidad, la tribu de José se
había
convertido en dos tribus, Efraín y Manasés. Puesto que
Efraín
era el principal heredero de José, José cubre a
Efraín;
Manasés ha sido añadido. Un subproducto de esta mejora es
la desaparición de la lista de Dan, uno de los doce.
Quizás
esto no haya desagradado a Juan; sea Dan sea el Judas de los
patriarcas.
En realidad, Dan tenía una dudosa reputación (Gén.
49:17; Lev. 24:10-11; 1 Reyes 12:28-30; Jer. 4:15 y 8:16). Al final
(Apoc.
21:12-14), Juan pone los nombres de los apóstoles alrededor de
la
ciudad, emparejándolos con las tribus. No podemos suponer que el
nombre de Iscariote permanecería allí, más que el
de Dan".
"Luego, por lo que concierne a la promoción
artificial
de Judá: En vez de intercambiar a Judá con Simeón,
Juan simplemente eleva a Judá dos lugares. El resultado es que
Leví,
no Simeón, es sacado fuera de los primeros tres. Se supone que
esta
alteración es deliberada, porque, en la nueva
dispensación,
Leví es degradado. El sacerdocio se une al señorío
en la tribu de Judá, como explica tan abundantemente el escritor
de Hebreos; Leví no tiene ninguna posición especial
(véase
especialmente Heb. 7:11-14)". 12
La grande
muchedumbre (7:9-17)
9 Después de esto miré, y he aquí
una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones
y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la
presencia
del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos;
10 y clamaban a gran voz diciendo: La
salvación
pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al
Cordero.
11 Y todos los ángeles estaban en pie
alrededor
del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se
postraron
sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios,
12 diciendo: Amén. La bendición y la
gloria
y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el
poder
y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
13 Entonces uno de los ancianos habló,
diciéndome:
Estos que están vestidos de ropas blancas,
¿quiénes
son y de dónde han venido?
14 Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y
él
me dijo: Estos son los que han salido de la gran tribulación, y
han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.
15 Por esto están delante del trono de Dios, y
le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado
sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos.
16 Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no
caerá
más sobre ellos, ni calor alguno;
17 porque el Cordero que está en medio del
trono
los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida;
y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.
9 Ya hemos observado el mecanismo literario que Juan usa
para presentar sus imágenes desde varios ángulos: el
oído,
luego la vista. Por ejemplo, en 1:10-13, Juan oye una
voz,
luego se vuelve para ver al Señor; en 5:5-6, él
oye
hablar del León de Judá, luego ve al Cordero; en 6:1-8,
él
oye
uno de los seres vivientes decir "Ven", y luego ve el objeto de la
orden
del ser viviente. El mismo patrón ocurre aquí en este
capítulo:
Juan nos dice: Oí el número de los sellados (v. 4);
luego,
después de estas cosas - después de oír el
número
de los redimidos - miré, y he aquí una gran multitud (v.
9). Este patrón, y el hecho de que las bendiciones adscritas a
ambos
grupos son bendiciones que pertenecen a la iglesia, indica que estos
dos
grupos son, hasta cierto punto, dos aspectos diferentes de la
única
Iglesia universal.
Así que, desde un punto de vista, el pueblo de
Dios está definitivamente numerado; no falta ninguno de los
elegidos,
y la iglesia es perfectamente simétrica y completa. Desde otro
punto
de vista, la iglesia es innumerable, una gran multitud que nadie
podía
contar. Vista desde una perspectiva, la iglesia es el nuevo, el verdadero
Israel de Dios: los hijos de Jacob reunidos en todas sus tribus, plenas
y completas. Desde otra pespectiva igualmente verdadera, la iglesia es
el mundo entero: una gran multitud de redimidos de toda nación y
tribu y pueblo y lengua.
En otras palabras, los 144.000 son el remanente de Israel;
y, sin embargo, el cumplimiento de las promesas hechas a Israel tiene
lugar
por medio de la salvación del mundo, trayendo a los gentiles
para
que compartan las bendiciones de Abraham (Gál. 3:8). El
número
de los miembros del rermanente se completa con la multitud de los
salvados
de todas las naciones, tal como la Nueva Jerusalén - cuyas
dimensiones
se miden en términos de doce y en cuyas puertas están
grabados
los nombres de las doce tribus - se llena con la gloria y el honor de
las
naciones del mundo (21:12-27). Farrer dice: "Por medio del contraste
entre
las tribus numeradas y la gran multitud, Juan expresa dos temas
antitéticos,
ambos igualmente tradicionales. Dios conoce el número de sus
elegidos;
los que heredan la bendición de Abraham son tan innumerables
como
las estrellas (Gén. 15:5). Pero Juan no puede querer decir ni
que
el número de los santos gentiles es desconocido para Dios, ni
que
el número de los israelitas justos puede ser contado por los
hombres.
Lo que él nos dice es que su oído percibe un
número
que resulta de un censo angélico; y que a sus ojos se presenta
una
multitud que él no puede contar, como en la visión de
Abraham
cuando se le dijo que mirara las estrellas. La visión de la
multitud
vestida de ropas blancas, purificadas por el martirio, debe reflejar en
todo caso a Daniel 11:35. El tema continúa en Daniel 12:1-3,
donde
las mismas personas son descritas como 'escritas en el libro' y 'como
las
estrellas'; es fácil llegar a la conclusión de que
'numerado,
pero no imposible de contar'". 13
Por lo tanto, en la visión de Juan, el remanente
sellado de Israel es la simiente santa, las "primicias" (14:4) de la
nueva
iglesia, destinadas a expandirse en una innumerable multitud reunida en
adoración delante del trono en el cielo. El núcleo de
Israel
se convierte en la iglesia, redimida de toda nación en
cumplimiento
de la promesa abrahámica (Gén. 15:5; 22:17-18); y
así
la iglesia se convierte en el mundo entero. La salvación de
Israel
solo nunca había sido la intención de Dios; Él
envió
a su Hijo "para que el mundo fuera salvo por medio de él" (Juan
3:16-17). Como el Padre le dijo al Hijo al planear el pacto de
redención:
Poco es para mí que tú seas
mi
siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el
remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para
que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra. (Isa. 49:6)
El número real de los salvados, lejos de limitarse
a unas meras decenas de millares, es en realidad una multitud que nadie
podía contar, tan vasta que no puede ser comprendida. Porque el
hecho es que Cristo vino a salvar al mundo.
Tradicionalmente
- aunque los calvinistas han estado t&eacutte;cnicamente en lo cierto al
declarar que los beneficios plenos de la expiación estaban
destinados
sólo para los elegidos - tanto calvinistas como arminianos han
tenido
la tendencia a no captar el punto de Juan 3:16. Ese punto ha sido
hermosamente
resumido por Benjamin Warfield: "Entonces, no debéis imaginar
que
Dios se sienta indefenso mientras el mundo, que él creó
para
sí mismo, se lanza, indefenso, a su destrucción, y que
Él
sólo puede arrebatar, aquí y allá, algún
tizón
del incendio universal. El mundo no le gobierna a Él en ninguno
de sus actos: Él lo gobierna y lo conduce con mano firme hacia
el
fin que, desde el principio, o desde que se colocara la primera viga,
Él
había determinado para él.... A través de todos
los
años, se nota un propósito, un creciente
propósito:
más y más, los reinos de la tierra han venido a ser el
Reino
de nuestro Dios y de su Cristo. Puede que el proceso sea lento; a
nuestros
ojos impacientes, el progreso puede parecer que se demora. Pero es Dios
el que está construyendo, y bajo sus manos, la estructura se
levanta
firme aunque lentamente, y a su debido tiempo, la cúspide
será
puesta en su lugar, y ante nuestros ojos atónitos,
quedará
revelado nada menos que un mundo salvado". 14
Desafortunadamente, muchos no han apreciado plenamente
las implicaciones de este pasaje. Por más de un siglo, el
cristianismo
ha estado plagado por un derrotismo completamente injustificado: Hemos
creído en la depravación del hombre más que en la
soberanía de Dios. Tenemos más fe en el poder de una
criatura
no regenerada para resistir la Palabra de Dios que en el poder del
Creador
Todopoderoso para convertir el corazón de un hombre según
Su voluntad. Esta actitud impotente no siempre ha caracterizado al
pueblo
de Dios. Charles Spurgeon animaba a una reunión de misioneros
con
estas palabras: "Yo mismo creo que el rey Jesús reinará,
y que los ídolos serán completamente abolidos; pero yo
espero
que el mismo poder que volteó el mundo al revés una vez
continúe
haciéndolo. El Espíritu Santo jamás
soportaría
que la imputación de que no era capaz de convertir al mundo
reposara
sobre su santo nombre". 15
A causa de la resurrección y la ascensión
de Cristo, esta es la era del triunfo del evangelio. Las claras
indicaciones
de las Escrituras son las de que, con el correr del tiempo, la
tendencia
de las naciones será hacia la conversión. Los salvados
serán
con mucho más numerosos que los perdidos. A través del
libro
de Apocalipsis, como en el resto de la Biblia, encontramos a
Satanás
continuamente derrotado delante del gran ejército de los
elegidos.
Aunque Satanás parezca ser dominante, sabe que "le queda poco
tiempo"
(12:12). El período del aparente triunfo de Satanás se
cuenta
por días y meses (12:6; 13:5), y aun entonces la suya no es
más
que una alocada y fútil carrera por un poder efímero; en
marcado contraste, el período del dominio de los santos se mide
en años - un millar de ellos - y desde el principio
(1:6)
hasta el fin (20:4-6) ellos son designados como reyes.
¡Jesús
es el Vencedor! Ha venido a salvar al mundo, a redimir a las naciones,
y no será defraudado: "Verá linaje, vivirá por
largos
días, y la voluntad de Jehová será en su mano
prosperada"
(Isa. 53:10).
Juan ve el mundo redimido de los santos victoriosos de
pie delante del trono y delante del Cordero en adoración.
Están
vestidos de ropas blancas, que simbolizan justicia, con palmas en las
manos,
con el bien conocido símbolo de la restauración del
pueblo
de Dios al paraíso. Esto también nos recuerda la Fiesta
de
los Tabernáculos, iniciada durante el Éxodo: No es
ningún
accidente que la palabra tabernáculo ocurra en este pasaje
(véase
nuestro comentario sobre v. 15 más abajo). 16
R. J. Rushdoony muestra cuán extensas son las imágenes en
el simbolismo de Apocalipsis: "Jesús es al mismo tiempo el
verdadero
Moisés (el Cantar de los Cantares es citado en Apocalipsis
15:2ss.),
y Josué el mayor. Él es el liberador del pueblo de Dios.
Simeón declaró en el templo que sus ojos habían
visto
la salvación de Dios, habiendo visto al Salvador niño
(Luc.
2:30; comp. Isa. 52:10), pues él era uno de los que 'esperaban
la
redención de Jerusalén' (Luc. 2:38), es decir, su
liberación
del cautiverio del Egipto espiritual. La muerte de los niños en
el Egipto de Faraón encuentra un paralelo en la orden homicida
de
Herodes (Éx. 1:16; 2:15; 4:19; Mat. 2:16). El Cristo niño
es llamado el verdadero Israel que fue llamado desde Egipto (Mat.
2:14s.;
comp. Éx. 4:22; Oseas 11:1). Los 40 años de la
tentación
de Israel en el desierto, y su fracaso, se equiparan con los 40
días
de la tentación de Cristo en el desierto, que terminaron en
victoria;
Jesús resistió citando a Moisés. Jesús
envió
a 12 discípulos, para que fueran el nuevo Israel de Dios, los
nuevos
dirigentes de una nueva nación o un nuevo pueblo. Jesús
también
envió a los 70 (Luc. 10:1ss.), como Moisés reunió
a 70, a quienes Dios dio el Espíritu (Núm. 11:16ss.). Se
nos proporcionan paralelos de la conquista de Canaán, y la
destrucción
de sus ciudades por medio del fuego del juicio (Mat. 10:15; 11:20ss.;
Luc.
10:12ss.; Deut. 9:1ss.; Mat. 24). La antigua Jerusalén ahora
tiene
el papel de Canaán y ha de ser destruída (Mat. 24). El
mundo
entero es la nueva Canaán, que ha de ser juzgada y conquistada:
'Id a todo el mundo ...' Tanto Éxodo como Apocalipsis terminan
con
el Tabernáculo, el primero con el tipo y el segundo con la
realidad".
17
Hay otros paralelos aquí también. La Fiesta
de la Dedicación (Hanukkah) conmemoraba la purificación
del
templo por Judas Macabeo en el año 164/165 a. C., después
de que fue profanado por Antíoco Epífanes IV, cuando los
judíos se regocijaron "con acción de gracias, y palmas, y
arpas, y címbalos, y con violas, e himnos, y cánticos:
porque
fue destruído un gran enemigo de Israel" (1 Mac. 13:51).
Jesús
asistió a esta fiesta (Juan 10:22), y el domingo de ramos
imitó
a Judas Macabeo purificando el templo de su profanación por los
cambistas (Mat. 21:12-13; Mar. 11:15-17; Luc. 19:45-46; comp. Juan
2:13-16).
10 Uniéndose a la liturgia celestial, la innumerable
multitud exclama: La salvación (es decir, ¡Hosanna!, comp
Juan 12:13) pertenece a nuestro Dios que está sentado en el
trono,
y al Cordero - atribuyéndole a Dios y al Cordero lo que Roma
reclamaba
para los Césares. Marco Antonio decía de Julio
César
que su "único trabajo era salvar a todo el que necesitara ser
salvo",
18
y ahora Nerón, a quien Séneca, (hablando como "Apolo"),
había
alabado como el divino Salvador del mundo, estaba en el trono:
Es muy semejante a mí, en forma y en
aspecto,
en su poesía y en la manera en que canta y toca. Y como el
rosicler
de la mañana aleja la negra noche, como ni la bruma ni el
rocío
permanecen delante de los rayos del sol, y todo se ilumina cuando mi
carruaje
pasa, así sucede cuando Nerón asciende al trono. Sus
dorados
bucles, su claro semblante, brillan como el sol cuando penetra a
través
de las nubes. La contienda, la injusticia, y la envidia se derrumban
delante
de él. Él restaura al mundo la edad de oro. 19
En directa contradicción con las blasfemias del culto
al estado de Roma e Israel, la Iglesia dcclara que la salvación
es el ámbito de Dios y de su Hijo solamente. En todas las
épocas,
éste ha sido básicamente el punto en disputa.
¿Quién
es el Dueño y Determinador de la realidad? ¿La palabra de
quién es ley? ¿Es el estado el que proporciona la
salvación?
Para nosotros, como para la iglesia primitiva, no puede haber terreno
intermedio
seguro entre la fe y la apostasía.
11-12 También los ángeles son vistos aquí
en este servicio de adoración celestial, rodeando la
congregación
alrededor del trono y ofreciendo una séptuple bendición a
Dios en alabanza - una bendición que es precedida por y termina
con un juramento: Amén. La bendición y la gloria y la
sabiduría
y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza,
sean
a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén. Como en
muchas
otras descripciones bíblicas de la adoración, la
posición
de los adoradores se nota aquí: Cayeron sobre sus rostros
delante
del trono. En las Escrituras, la adoración oficial y
pública
nunca muestra a los participantes sentados en oración; la
oración
en público siempre tiene lugar en posiciones reverentes estando
de pie o con la cabeza inclinada. El platonista moderno y nominalista,
que se cree más espiritualmente inclinado que los
personajes
bíblicos (¡y hasta que los ángeles!)
respondería
a esto diciendo que la posición del cuerpo es irrelevante, con
la
condición de que la actitud correcta llene el corazón.
Pero
esto pasa por alto el hecho de que la Biblia conecta la actitud del
corazón
con la actitud del cuerpo. En la adoración pública,
por lo menos, nuestras iglesias deberían seguir el modelo
bíblico
de la reverencia física en la oración.
Cuando los protestantes racionalistas abandonaron el uso
del reclinatorio delante de las bancas durante el culto, contribuyeron
a los brotes de pietismo individualista que tanta ruina han
traído
a la iglesia. El hombre necesita la liturgia y el simbolismo.
Dios
nos creó de esa manera. Cuando la Iglesia niega al hombre este
aspecto
de su naturaleza divina, el hombre tratará de completarlo por
medio
de sustitutos inadecuados o pecaminosos. Un regreso a la liturgia
basada
en la Biblia no es un sánalotodo; pero demostrará ser un
correctivo para la "espiritualidad" superficial, frenética, y
fuera
de lugar que ha sido el legado de siglos de pobreza litúrgica.
13-14 Ahora uno de los ancianos desafía a Juan
a que le diga la identidad de esta gran multitud de toda nación.
Juan confiesa su incapacidad, y el anciano explica: Estos son los que
han
salido de la gran tribulación. Aunque este texto puede y
debería
usarse para consolar a los cristianos que pasan por cualquier
período
de sufrimiento y persecución, su principal referencia es a "la
hora
de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los
que
moran sobre la tierra" (3:10), la "Gran Tribulación", de la cual
Jesús advirtió cuando habló a sus
discípulos
sobre el monte de los Olivos (Mat. 24:21; Mar. 13:19) - una
tribulación
que, dijo Él, tendría lugar durante la generación
que existía en ese momento (Mat. 24:34; Mar. 13:30; Luc. 21:32);
la mayor tribulación, cual no la ha habido desde el principio
del
mundo hasta ahora, ni la habrá (Mat. 24:21; Mar. 13:19).
Para los cristianos del siglo primero que lo leían,
el punto era que la tribulación que estaban a punto de sufrir no
les destruiría. Al enfrentarse a la persecución,
habrían
de verse a sí mismos, primero, como "el Israel de Dios"
(Gál.
6:16), sellados y protegidos; y segundo, como una multitud innumerable
y victoriosa. Como Dios les veía, no eran grupos dispersos y
aislados
de pobres y perseguidos individuos acusados como criminales por
un
despiadado y demoníaco estado-poder; más bien, eran una
vasta
multitud de vencedores, que habían lavado sus ropas y las
habían
emblanquecido en la sangre del Cordero, y que estaban de pie delante
del
trono de Dios cubiertos por la justicia de Cristo Jesús. Juan
probablemente
está pensando en el ritual de ordenación e investidura
que
tenía lugar después del riguroso examen para el
sacerdocio.
Primero, el candidato a sacerdote era examinado en cuanto a su
genealogía.
"Si no satisfacía al tribunal en cuanto a su perfecta
legitimidad,
el candidato era vestido y cubierto con un velo negro, y eliminado de
manera
permanente. Si pasaba esta dura prueba, era luego investigado en cuanto
a cualesquiera defectos físicos. Maimónides enumera
ciento
sesenta y dos, de los cuales ciento cuarenta le descalificaban
permanentemente,
y veintidós lo hacían temporalmente, para el ejercicio
del
oficio sacerdotal... Los que pasaban la doble prueba eran vestidos de
ropas
blancas, y sus nombres eran registrados permanentemente". 20
Las ropas blancas de estos sacerdotes corresponden, pues, a las
vestiduras
blancas del Sumo Sacerdote; y del mismo modo que se dice que estas
vestiduras
están "lavadas con sangre", así también las de
ellos
son lavadas y emblanquecidas en la sangre del Cordero.
En agudo contraste con lo que se les ha enseñado
a algunos grupos cristianos en años recientes, la iglesia
primitiva
no esperaba ser preservada milagrosamente de todas las dificultades en
esta vida. Sabían que serían llamados a sufrir
persecución
(2 Tim. 3:12) y tribulación (Juan 16:33; Hech. 14:22; Rom. 5:3;
8:35; Apoc. 1:9). El apóstol Pedro ya había escrito para
preparar a la iglesia para la gran tribulación: "Amados, no os
sorprendáis
del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa
extraña
os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los
padecimientos
de Cristo, para que también en la revelación de su gloria
os gocéis con gran alegría" (1 Ped. 4:12-13). En un
sentido
secundario, esto es ciertamente aplicable en todas partes a los
cristianos
que sufren tribulación. No debemos ver la salvación como
una fórmula mágica para evitar dificultades. Como
ejército
de Cristo cubierto de vestiduras blancas, somos más que
vencedores.
Nuestro llamado es a soportar y a vencer.
En su influyente estudio sobre la expansión de
la iglesia primitiva, Adolf Harnack escribió: "Lo notable es
que,
aunque los cristianos no fueron en modo alguno numerosos sino hasta
mediados
del siglo segundo, reconocieron que el cristianismo formaba el punto
central
de la humanidad como campo de la historia política, así
como
su factor determinante. Tal timidez es perfectamente comprensible en el
caso del judaísmo, porque los judíos eran realmente una
nación
grande y tenían tras de sí una gran historia. Pero es
realmente
asombroso que un pueblo pequeñito confrontara de tal modo el
poderío
entero del imperio romano que viera en la persecución de los
cristianos
el papel principal de ese imperio, y que hiciera culminar la historia
del
mundo en ese conflicto. La única explicación de esto
reside
en el hecho de que la iglesia simplemente tomó el lugar de
Israel,
y por consiguiente, se sentía un pueblo; esto implicaba
que
la iglesia era también un factor político, y
realmente
el factor que jugaba un papel decisivo junto con el estado y por medio
del cual el estado habría de ser finalmente vencido". 21
15-17 El anciano continúa su explicación:
Por esta razón, a causa de su redención y su unión
con el Cordero por medio de su sangre, ellos están delante del
trono
de Dios en adoración. Imitando a los querubines (4:8), estos
sacerdotes
vestidos con ropas blancas le sirven día y noche en su templo
(comp.
1 Crón. 9:33; 23:30; Sal. 134:1). Por esto reciben la más
característica bendición del pacto, la sombra del
Omnipotente:
El que se sienta en el trono extenderá su tabernáculo
sobre
ellos. Esto se refiere a la sombra proporcionada por la Nube de Gloria,
que se cernía tanto sobre la tierra y la creación
(Gén.
1:2) como sobre Israel en el desierto (Deut. 32:10-11). 22 Llena de
"muchos
millares de ángeles" (Sal. 68:17; comp. 2 Reyes 6:17), la Nube
proporcionaba
un refugio alado; "refugio contra la tormenta, sombra contra el calor"
(Isa. 25:4; comp. Sal. 17:8; 36:7; 57:1; 61:4; 63:7; 91:1-13; 121:5-6).
Todo esto fue resumido en una profecía de la venidera iglesia
del
Nuevo Pacto: "Cuando el Señor lave las inmundicias de las hijas
de Sion, y limpie la sangre de Jerusalén de en medio de ella,
con
espíritu de juicio y con espíritu de devastación.
Y creará Jehová sobre toda la morada del monte de Sion, y
sobre los lugares de sus convocaciones, nube y oscuridad de día,
y de noche resplandor de fuego que eche llamas; porque sobre toda
gloria
habrá un dosel" (Isa. 4:4-5; comp. 51:16).
Esta nube/dosel de la presencia de Dios es llamada
también
escondedero
(2 Sam. 22:12; Sal. 18:11; Lam. 3:44; Sal. 91:4), la misma palabra
usada
para describir la posición de los querubines labrados que
estaban
encima del Arca del Pacto (Éx. 25:20). Este término es
también
la palabra traducida como cabañas o tabernáculos
en Levítico 23:33-43, donde Dios ordena a su pueblo erigir
cabañas
con ramas de árboles frondosos para que vivieran en ellas durate
la Fiesta de los Tabernáculos. Como la vieron los profetas de la
restauración, esta fiesta era una profecía representada
de
la conversión de todas las naciones, el llenamiento del pueblo
del
pacto con el mundo entero. En el último día de la Fiesta
de los Tabernáculos, Dios habló por medio de Hageo: "Y
haré
temblar a todas las naciones, y llenaré de gloria esta casa [el
templo]" (Hag. 2:7). También Zacarías profetizó
acerca
del significado de esta fiesta en términos de la
conversión
de las naciones y la santificación de cada una de las
áreas
de la vida (Zac. 14:16:21).
En los últimos días, durante la
celebración
de la misma fiesta, Jesucristo nuevamente enuncia su significado: el
derramamiento
del Espíritu sobre el creyente restaurado, de modo que la
iglesia
se convierte en un medio para restaurar el mundo entero. La promesa de
la Fiesta de los Tabernáculos estaba a punto de cumplirse,
después
de la gloriosa ascensión del Hijo al trono: "En el último
y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y
alzó
la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que
cree en mí, como dice la Escritura, de su interior
correrán
ríos de aguas viva. Esto dijo del Espíritu que
habían
de recibir los que creyesen en él; pues aún no
había
venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había
sido
aún glorificado" (Juan 7:37-39).
La visión de Juan del mundo redimido revela el
inescapable resultado de la ascensión de Cristo, la
consumación
del Paraíso: Ya no tendrán hambre, ni sed, y el sol no
caerá
más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que
está
en medio de ellos los pastoreará, y los guiará a fuentes
de agua de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos
de ellos. Más atrás notamos las palabras del Padre al
Hijo
en Isaías 49, dándole la promesa de la salvación
del
mundo y de Israel. El pasaje continúa:
Te guardaré y te daré por
pacto
al pueblo, para que restaures la tierra, para que heredes asoladas
heredades;
para que digas a los presos: Salid; y a los que están en
tinieblas:
Mostraos. En los caminos serán apacentados, y en todas las
alturas
tendrán sus pastos. No tendrán hambre ni sed, ni el calor
ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos
misericordia
los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas. Y
convertiré
en camino todos mis montes, y mis calzadas serán levantadas. He
aquí éstos vendrán de lejos; y he aquí
éstos
del norte y del occidente, y éstos de la tierra de Sinim
[China].
Cantad alabanzas, oh cielos, y alégrate, tierra; y prorrumpid en
alabanzas, oh montes; porque Jehová ha consolado a su pueblo, y
de sus pobres tendrá misericordia. (Isa. 49:8-13).
Las iglesias del siglo primero estaban al borde de la mayor
tribulación de todos los tiempos. Muchos perderían sus
vidas,
sus familias, sus posesiones. Pero Juan escribe para decirles a las
iglesias
que la tribulación no es una muerte, sino un nacimiento (comp.
Mat.
24:8), el preludio del establecimiento del reino mundial de Cristo. Les
muestra la escena en el otro lado: la celebración de la
inevitable
victoria.
En el Circo Máximo de Nerón, el escenario
de sus sangrientas y repugnantes matanzas de cristianos - por medio de
las bestias salvajes, por crucifixión, por el fuego y por la
espada
- había un gran obelisco de piedra, mudo testigo de la valiente
conducta de aquellos santos valientes que soportaron la
tribulación
y contaron todas las cosas como pérdida por amor a Cristo. Hace
mucho tiempo, el bestial Nerón y sus secuaces pasaron de la
escena
a su recompensa eterna, pero el obelisco todavía permanece, y
ahora
está en el centro de la gran plaza en frente de la
Basílica
de San Pedro. Grabadas a cincel en su base aparecen estas palabras,
tomadas
del himno de triunfo de los mártires vencedores:
CHRISTUS VINCIT
CHRISTUS REGNAT
CHRISTUS IMPERAT
- cuya
interpretación es: Cristo vence; Cristo
reina; Cristo gobierna sobre todo.
Notas:
1. J. Marcellus Kik, An
Eschatology of Victory (Nutley, NJ: The
Presbyterian and Reformed Publishing Company, 1971), pp. 96s.
2. Véanse los
estudios de James B. Jordan, Food and Faith
y Trees and Thorns, próximos a ser publicados.
3. Véanse
nuestros comentarios sobre 4:5-8, más arriba.
4. The Dominion
Covenant: Genesis (Tyler, TX: Institute for Christian
Economics, 1982), comp. pp. 1-2, 425-54; véase también
Rousas
John Rushdoony, The Mythology of Science (Nutley, NJ: The Craig
Press, 1967).
5. E. H. Plumptre, The
Pulpit Commentary: Ezekiel (London: Funk
and Wagnalls Co., n.d), Vol. 1, pp. 162s.
6. Tertullian, Against
Marcion, iii.22, en Alexander Roberts
y James Donaldson, eds., The Ante-Nicene Fathers (Grand Rapids:
William B. Eerdmans Publishing Co., 1973), Vol. III, pp. 340s. Sobre la
legitimidad de la señal de la cruz como una acción
simbólica,
véase de James B. Jordan, The Sociology of the Church:
Essays
in Reconstruction (Tyler, TX: Geneva Ministries, 1986), pp. 207ss.
7. Milton Terry, Biblical
Apocalyptics: A Study of the Most Notable
Revelations of God and of Christ in the Canonical Scriptures (New
York:
Eaton and Mains, 1898), p. 336.
8. Ibid., pp.
341s.
9. Rousas John
Rushdoony, Salvation and Godly Rule (Vallecito,
CA: Ross House Books, 1983), p. 141.
10. Austin Farrer, A
Rebirth of Images: The Making of St. John´s
Apocalypse (Gloucester, MA: Peter Smith, [1949] 1970, pp. 20s.
11. Oriente
significa este; por esto, si se está
realmente "orientado", ya se está "esteado", puesto de manera
que
se tiene al frente la dirección correcta (que generalmente es el
este, aunque no siempre).
12. Austin Farrer, The
Revelation of St. John the Divine, p.
108.
13. Ibid., p.
110.
14. Benjamin Warfield,
de un sermón sobre Juan 3:16 titulado
"El Inmensurable Amor de Dios", en Biblical and Theological Studies
(Philadelphia: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1968), pp.
518s.
15. Citado en la obra
de Lain Murray, The Puritan Hope: Revival and
the Interpretation of Prophecy (London: The Banner of Truth Trust,
1971), p. 258.
16. Véase de
David Chilton, Paradise Restored: A Biblical
Theology of Dominion (Ft. Worth, TX: Dominion Press, 1985), pp.
44-46,
60.
17. Rousas John
Rushdoony, The Kingdom Come; Studies in Daniel and
Revelation (Tyler, TX: Thoburn Press, [1970] 1978), pp. 149s.
18. Ethelbert
Stauffer, Christ and the Caesars (Philadelphia:
The Westminster Press, 1955), p. 52.
19. Ibid., p.
139. A su debido tiempo, Nerón le pagó
a Séneca por toda una vida de servil idolatría
ordenándole
que se suicidara.
20. Alfred Edersheim, The
Temple: Its Ministry and Services as They
Were at the Time of Jesus Christ (Grand Rapids: William B. Eerdmans
Publishing Co., 1980), p. 95; comp. Rev. 3:5.
21. Adolf Harnack, The
Mission and Expansion of Christianity in the
First Three Centuries, James Moffatt, trad. (Gloucester, MA; Peter
Smith, [1908] 1972), pp. 257s.
22. Véase de
Meredith G. Kline, Images of the Spirit (Grand
Rapids: Baker Book House, 1980), pp. 13ss; comp. Chilton, Paradise
Restored,
pp. 58ss.